Mi madre es un objeto. Yace insepulta, momificada por los medicamentos, dentro de un nicho del cementerio. Aguarda mi rescate de los bichos y la oscuridad, que la lleve al fuego definitivo para transformarse en polvo, humo, abono. Por mi abandono, se levantó del sueño eterno y me maldijo.
Pasaré esta y las siguientes Navidades en soledad, como ella pasó las suyas, sola y llena de odio, luego que mi esposa la exiliara. Enloqueceré, los huecos abiertos por la encefalopatía me borrarán del mundo, de la misma manera que nosotros lo hicimos con ella. Solo yo puedo detenerla. Pero debo vengarla, si pretendo satisfacer su venganza.
Afuera de este lugar, que no abandono desde el último verano, las noticias son cada día peores. La llegada de diciembre, con sus tradicionales reuniones familiares, no ayuda, por cierto, pero de todas ellas solo hay una que debo desbaratar.
Fueron los demás, no yo, quien la abandonó, pero soy igual de culpable. Por temor al mismo castigo consentí, apoyé, aplaudí cuando mi mujer y su amiga dictaron la sentencia. Hubiera aplaudido cualquier cosa con tal de no quedarme solo en Navidad. De todas formas ella me dejó. Me concedió la libertad que se le da a un envase vacío.
Ahora la maldición de mi madre arrasa los restos de nuestro mundo, y solo hay una culpable. Esta será su última Navidad. Dentro de este paquete viaja el antídoto para disolver el veneno. El regalo, envuelto con primor a las cuatro de la madrugada, contiene apenas un papel. Nada más. Una hoja arrancada a un cuaderno con dos líneas escritas.
Dos frases, una de cinco palabras y otra de ocho. Sin signos de exclamación que puedan confundirse con un reproche, ni signos de interrogación. Por primera vez no tengo dudas.
Las palabras crean, sanan, enferman. Matan. Solo hay que saber cuáles usar. Tener la voluntad y la perseverancia de seguir vivo pese de todo. Confiando en que tanto libro leído, tanto ejercicio con el lápiz, llevará un día a descubrir la combinación que abre el desastre, llama a la desgracia, convoca al vacío.
La idea llegó mientras leía la Biblia. Nada en ella está puesto al azar, pues ha sido inspirada por el Espíritu. Entonces, si el Espíritu habitó sus escribas, fue porque aquellos velaron su retorno. Renunciaron al tiempo mundano e hicieron los sacrificios personales necesarios.
Desde que me impuse esa meta abandoné toda mentira, todo vicio, toda tentación que excediera la mera subsistencia. Dejé de fingir.
Cuando mi ex volvía a la desbaratada casa familiar, agregaba una capa extra de odio a su historial. Le revolvían el estómago las motas gigantes de polvo oscureciendo los rincones, el polvo depositado sobre los muebles emblanquecidos, la loza ennegrecida del baño.
Por más que se lo explicara, no podía entenderlo. En este nuevo camino las cosas externas a mí son espejismos, trucos apenas. Descubrí que la mugre es el estado natural de las cosas.
El primero en morir fue el perro, pobre compañero. Robó dos milanesas que había dejado sobre la mesada, listas para freír. Cuando me levanté del escritorio para prepararme la cena, y vi que en el plato solo quedaban unas pocas motas de pan rallado, enfurecí. Para entonces mis estudios estaban bastante avanzados, aunque no lo suficiente para afectar a un ser humano, quienes oponen más resistencia. Pero había llegado a un grado tan sutilmente poderoso que, para una mente más simple, como la de una mascota, podía hacerle mucho daño.
Jamás tuve intención de matarlo. La prueba iba a hacerse sobre algún chucho callejero. Pero la investigación lleva mucha energía y, por el contrario, deja un hambre de gigante. La frustración me cegó. Dije las palabras correctas, en el orden de sucesión adecuado, sobre el animal equivocado.
Al escucharlas bajó las orejas y, enseguida, cayó de costado. Temblaba. Solo eso, durante un minuto o dos, lo suficiente para sentirme poderoso y maldito, todo al mismo tiempo. Luego murió, liberado de esa túnica dolorosa que le había impuesto.
Los viejos son otros a los que se les puede aplicar las palabras, con un suceso relativamente fácil. Están hartos. A los que no se les ha muerto algún hijo los ha dejado un amigo. Renunciaron al amor, y el recuerdo de este se transforma en una de tantas posibilidades crueles que la vida guarda para nosotros.
Reciben las palabras con agradecimiento. Es la lógica de la vida, deben ser partes naturales del exterior que encuentro cada día más lejano, como si toda mi vida hubiera sido una narración, como me dijo una vez un abuelo que liberé, y es entonces natural que ese cuento termine con una frase, supongo.
Una combinación de sonidos personalizada, lista desde el principio de los tiempos, cuando es un desencadenante cuyo principio desconozco, pero cuya naturaleza es facilitar lo inevitable. Mi único orgullo, en todo caso, es haber encontrado la forma de quitar el tiempo agónico entre ellos y la muerte que, ella sí, no falla.
Perfeccioné mi don conociendo los internados en el hogar de ancianos donde metimos a mi madre. La mayoría padecía de su mismo mal, con mínimas variaciones en la gradación del Alzheimer o la demencia senil. Unos pocos padecían la soledad, no tenían familia activa, según mi definición: sus hijos y nietos los habían dejado allí.
La muerte visitaba el lugar tan a menudo que impregnaba el aire. Era otra cifra, como mis palabras, compuesta por el olor a desinfectante, pañales geriátricos repletos, alientos pútridos y un olor que solo se podía encontrar entre los sillones de la sala de estar, donde colocaban a los viejos luego de levantarlos. Pasaban el día frente a una televisión clavada en un canal mal sintonizado. El audio de la transmisión tampoco se escuchaba bien, en su lugar se escuchaba un zumbido continuo, como la onda cerebral de un fallecido. La coherencia me provocaba escalofríos.
Yo usaba las continuas visitas a mi madre para comprobar mis avances. Los que tenían Alzheimer ya no podían comprender lo qué les decía, pero bastaba el sonido de las palabras, discretamente susurrado, para que no pasaran de esa noche. Debía cuidarme de las enfermeras, si se enteraban que estaba cerrándoles sus fuentes de trabajo de seguro me prohibirían las visitas o, peor, echarían a mi madre.
Pobre mi madre. Su mundo se había reducido a una vieja casa adaptada, donde dormían de a tres por habitación, y a las visitas de su hijo, más interesado en jugar al ángel que en verla. A ella no me atrevía todavía a liberarla. Mientras ella siguiera viva, yo recibiría su pensión, una mísera suma con la que pagaba su asilo y usaba el resto para mantener mis gastos, mínimos, sin un trabajo que me hiciera descuidar mi camino.
Uno de los efectos más sorprendentes, provocados por la internación en el asilo, fue que a los pocos días mi madre perdió el color en sus pupilas. Por otra parte, era un alivio para mí saber que dentro de esa estatua muda y ciega abundaba el vacío, desde que su enfermedad le negaba toda posibilidad de sentir ningún rasgo del mundo más allá de su cuerpo.
Pero me equivocaba. Mi madre rezumaba dolor. De una forma inexplicable, pues el dolor nace en la memoria. Esa tarde, hizo un gesto inesperado. Estábamos los dos callados, yo mirando y recordando y ella con su mirada inútil ubicada hacia un punto indefinido del vacío cuando le escuché gemir. Iba a llamar una enfermera cuando, sin que me diera cuenta, depositó una mano huesuda sobre mi brazo y lo agarró con fuerza de águila.
Las madres no dejan de enseñarnos, ni dejan del todo a sus hijos. Ese es un hecho. Esa tarde, aprendí que yo era un chapucero. Un aprendiz que todavía necesitaba usar palabras. Esa tarde, mi madre, con su cerebro apolillado, a través de su garra, me transmitió todo el abandono y la tristeza vivida durante los últimos quince años.
Ese día descubrí, a través del dolor, que las palabras nutren, pueden alargar la vida. El contacto obligado con su piel estaba debilitándome, convirtiéndome en un anciano más. Mientras, afuera estaba soleado y atardecía. El residencial tenía un pequeño parque, un antiguo baldío arreglado. Los pájaros en sus ramas despertaron viejas imágenes. Los árboles frutales en la granja de mi abuelo, el aroma de los naranjos florecidos, el tibio ácido dulce inundando mi boca pequeña, la risa joven de mis padres. Supongo que eso fue lo que me salvó. La memoria y mi largo período de práctica. Improvisé, la desesperación me empujó a ser imprudente y elaboré, allí mismo, la secuencia que rompió el lazo con que mi madre me tenía atrapado.
Es el momento, razoné. Usé mis palabras, las otras, sobre mamá. Ella aflojó su presión sobre mi brazo y abrió la boca, despegando con dificultad los labios sellados por la piel reseca, mientras se echaba para atrás en la silla. Luego murió, aliviada, liberada por fin de su arnés invisible.
Mañana será Navidad, y mi familia recibirá como un regalo la noticia. Mi madre descansará en paz y yo habré cumplido con mi palabra, la promesa que hice en secreto cuando alzábamos las copas en la casa de mi ex, y yo brindaba porque llegara el momento en que la viera sufrir.
Demos gracias por esa noche y también por la de mañana, cuando todo el mundo brinde para ser mejor.
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