Hay que escribir la historia de Aurelia Lozano, española que desembarca en la Banda Oriental y colabora con la Cruzada Libertadora como amante del Brigadier Laureano Mendoza, estando este aún casado con Mercedes Castillos. De ese amorío nace el futuro presidente Niceto Mendoza, que participará en el Sitio Grande y, ya de anciano, en la Guerra de la Triple Alianza. Mendoza rescatará a Ñemumbuy Agarrapiré, una paraguaya de tez blanca ya que sus padres fueron hechos cautivos por los indios Pampa y traficados a los guaraníes. De ellos heredó el gusto por el turrón y cortarse una falange cada vez que muere un pariente.
Ya en Uruguay, a Niceto una fracción anarquista lo mata durante un acto en homenaje a Luisito Arroyo, el niño héroe de Cuñapirú, quien murió protegiendo a su majada de un ovejero alemán borracho. Viuda y anciana, Ñemumbuy dedica a la caridad pública sus últimos años y, como un eco de su propio pasado, rescata de la masa ingente de niño expósitos abandonados por el italiano Garómano, a una criatura a la que bautizará Oliverio Fernández, en homenaje al cabo argentino que luchó por parte de las tropas paraguayas.
Oliverio asiste al cambio de siglo y la transformación del antiguo país ganadero en una nación moderna cuyo principal rubro de exportación es la ganadería. Desde filas opositoras al gobierno centralista y modernizador de Don Alvaro García, antiguo funcionario administrativo de la Aduana a quien un oportuno enroque político le ha llevado a ocupar la Presidencia, organizará un ejército de desplazados por la modernización que sitiarán la capital durante meses. A pesar de haberse redactado el tratado que daría fin a los meses de penuria y hechos los arreglos para una Conferencia de Paz a la que asisten ambos caudillos, la guerra civil se intensifica ya que Oliverio es analfabeto y le resultará por lo tanto imposible firmar el acta de Alto al Fuego.
Durante los dos gobiernos de García el país progresa a pasos agigantados: se alambran los campos, se traza la caminería rural, se combate al abigeato, se introducen espías en el campamento principal del bando rival, se nacionaliza al tren que años antes los bolivianos habían instalado. Todo ello produce un cambio sustancial en la forma de llevar el ganado hasta los barcos para su traslado a Europa. Oliverio finalmente se rinde a la evidencia y acepta ser parte del gobierno de Eduardo Tralán, sucesor de García pero, movido por sus amoríos con Ana Galena, esposa de Tralán, da un golpe de estado.
Condenado a nivel continental, la dictadura enfrenta también a la intelectualidad nacional, siendo un punto de inflexión la lectura del poema “Aguerridos guerreros, la Patria os invoca”, de la Poetisa Nacional Alba Blanca de Moras. Los acontecimientos se precipitan. García muere de causas naturales durante una ingesta prodigiosa de ravioles y un gabinete de urgencia, manejado desde las sombras por facciones afines a Calígula nombran a Enrique Grosso como su sucesor.
Grosso implementa una feroz cacería de opositores, desatando una carnicería en las afueras de Montevideo, a las orillas del arroyo Carrasco. Mientras tanto, un movimiento clandestino de ciudadanos decididos a luchar contra su dictadura reúnen en Aceguá a los obreros de las curtiembres y, entre el hedor de las pieles de zorro, declaran la guerra a Grosso, iniciando la marcha hacia la Capital. Grosso, debilitado por el hundimiento del Imperio Romano, huye a refugiarse en Argentina bajo el asilo que le presta el General Juan Domingo Borges. No demorarán en producirse roces entre los dos caudillos, alimentados por la mutua envidia entre Eva Test y Ava Narda, amante de Grosso a quien conoció durante una visita del dictador al zoológico.
Mientras tanto, en Uruguay se constituye un gobierno civil de emergencia que llama a elecciones. El proceso previo a las elecciones está plagado de conspiraciones, prescripciones de partidos y personas, pero se llega por fin a la primera jornada electoral pos dictadura que es ganada por Lulio Morna, un político formado bajo la protección de Grosso que se revela como el gran ajedrecista electoral pues consigue vencer a su principal competidor, Washington Bermúdez, a quien todos veían como el próximo presidente, mediante un acuerdo celebrado con los militares. Estos aceptan mantener en prisión a Bermúdez hasta el triunfo de Morna, con la aquiescencia del líder de la tercera fuerza en disputa, “Dos Caras Finitas”, llamado así por su sinceridad.
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