AFUERA
I
Decidí dejar
el pueblo cuando el número de muertos por aquella cosa desconocida era
demasiado elevado y las autoridades no parecían estar haciendo nada.
El día que
enterraron a mis hermanos comprendí que si me quedaba el próximo cuerpo que iba
a ser colocado en la fosa común sería el mío y lo peor de todo es que por
alguna maldición yo había sobrevivido a toda mi familia.
Nadie
lloraría por mí, nadie pronunciaría una oración por mi alma ni me recordaría
por algo en especial.
Quedándome,
apenas era un vivo provisorio, esperando su turno para convertirse en otro
número que engrosaría los cientos de páginas con nombres que algún día fueron
usados para insultar, llamar, expresar entre suspiros porque designaban a
alguien.
Ahora solo
eran un método obsoleto de llevar el conteo de algo para lo que los fríos
números bastaban.
No tenía
mucho para llevar y de todas formas tampoco podría aunque tuviera, necesitaba
alejarme de toda concentración de gente por el contagio.
Salí un
domingo de mañana, con una mochila cargada de alimento y sobre todo bebida, con
la intención de alcanzar el próximo pueblo antes del mediodía.
Decían que
por el número de muertos la mayoría de las granjas estaban abandonadas o poco
vigiladas. Con un poco de suerte podría aprovisionarme y quizás hasta encontrar
algún galpón vacío para pasar la noche.
El sol ya
estaba picando fuerte sobre el camino vacío.
Cada tanto
un islote de árboles me auxiliaba, mitigando el calor con su sombra.
Alrededor
mío todo estaba en silencio.
Unos pocos
pájaros allá a lo lejos y vacas mirándome con sus expresiones vacías eran toda
mi compañía.
El mundo era
amarillo, desde los campos que llegaban hasta el horizonte a las piedras del
camino, cubiertas de pasto suelto y seco.
Ya ni me
acordaba desde hace cuánto no llovía y no era extraño.
La última
imagen del campo era la de una extensión de pasto verde, con florcitas
silvestres por todas partes y eso era de la última vez que había dejado el
pueblo, cuando un amigo me invitó a pasar unos días en su casa, situada más
allá de los muros externos.
El árbol
debajo del que estaba era viejo y alto. Sus largas ramas parecían una pequeña
nación de toda clase de criaturas.
Tendido
sobre el suelo podía ver la superposición de nidos, separados en distintos
niveles por las ramas, y escuchar a sus habitantes piando a todo volumen.
Era un
contraste que agradecía pues durante la última hora el silencio circundante del
campo vacío me tenía angustiado.
Hacía que
mis oídos zumbaran, como si un peligro me siguiera.
Desde donde
estaba subían hilos de hormigas buscando resina o quizás tuvieran su hormiguero
dentro del tronco. En las ramas superiores, afortunadamente lejos de mí,
escuchaba el zumbar de un panal de abejas o de un camoatí de avispas, nunca
supe distinguirlas bien.
Podría
quedarme todo el día en ese lugar pero la noche transformaba todo lo agradable
que tiene el campo abierto en un sitio que es preferible evitar.
Los grandes
depredadores ya tenían más de un silgo de extintos pero ahora, por la peste,
grupos de perros que se habían vuelto salvajes recorrían los campos.
Cazaban
ovejas, alguna vaca vieja y también humanos, por lo que había escuchado.
En esa
igualdad de condiciones y sin un arma, yo era una presa fácil.
Lo único que
me salvaba era no apartarme del camino y estos pequeños grupos de árboles que
cada tanto adornaban el costado del camino. Si veían alguna amenaza me subiría
al primer árbol que pudiera.
De noche, la
cosa era distinta. La oscuridad me quitaba toda ventaja frente a criaturas
capaces de rastrear durante quilómetros el miedo, el cansancio, la sangre.
Alguien me
había mostrado una vez en el pueblo los restos de una oveja atacada por estos
perros que habían recuperado su salvajismo.
Si no fuera
por la lana ensangrentada y la cabeza prácticamente entera jamás hubiera
adivinado a qué animal pertenecían los despojos.
No le
dejaron ni las patas.
Aquello
parecía una bolsa de carne podrida, sin forma definida.
Atacaban en
manada, como sus antepasados los lobos.
De esa
forma, con el macho alfa comandando el ataque, protegiendo a todos los
miembros, se aseguraban de que todos participaran en la carnicería.
El ruido de
los pájaros allá arriba en el árbol tenía algo rítmico dentro del ruido que
hacían, podía identificar un patrón que volvía a repetirse cada tantos minutos.
Me calmaba,
el perfume de la hierba y ese cántico monótono hizo que me fuera durmiendo, mi
cabeza apoyada sobre la mochila.
Ese día
había salido muy temprano del pueblo y estaba cansado.
Cualquier
movimiento sospechoso alertaría a los pájaros, despertándome.
Cerré los
ojos.
Supongo que
el mediodía ya había pasado cuando me desperté. El sol se había movido de un
extremo al otro del cielo y las sombras de los árboles también.
Ahora las
copas se alargaban sobre el camino que aún continuaba vacío.
Supuse que
me daría el tiempo para comer. Llegar a algún sitio más seguro antes del
anochecer no me llevaría mucho tiempo.
Todavía no
tenía idea de cuán equivocado estaba.
II
The stars and the night.
The sea and the song.
Es
impresionante advertir cómo se olvidan las estrellas cuando se vive rodeado de
casas y calles iluminadas.
Vemos apenas
un mísero fragmento del portento que todas las noches cuelga sobre nuestras
cabezas.
En el campo,
por el contrario, la vía láctea cruza el cielo nocturno se muestra con su río
de diamantes discurriendo sobre un lienzo negro.
En alguno de
esos puntos brillantes, un ser infinitamente distinto a mí quizás esté mirando
este techo estrellado luego de un día normal de trabajo, ocupado en estallar
mundos o absorber cerebros directamente de las razas de esclavos minas.
En el punto
vecino, separado por millones de quilómetros, el universo inspirará a que algo
cante, con lo que sea que tenga como boca, una canción en honor a la orfebrería
estelar o que escriba un texto que otros tornarán sagrado.
Y yo acá,
debatiéndome entre la euforia por tan magnífico espectáculo y el espanto que me
causa estar caminando en lo oscuro, más indefenso que un ciego
Pero que
haya vida en otros planetas es una posibilidad que siempre ha menguado en parte
todo el dolor y la furia que este mundo me ha provocado desde que nací y vi
sufrir a mis padres para alimentar a sus hijos.
Toda su vida
se estuvieron rompieron el lomo de sol a sol y sin embargo murieron en apenas
unas horas, ante la mirada impotente de mis hermanos y la mía propia.
Nadie del
pueblo nos acompañó entonces, ocupados como estaban con sus propias agonías.
Las
autoridades del pueblo ya ni siquiera fingían que las muertes le importaban.
Esas bestias
insensibilizadas por tantos años de vivir entre comodidades y riquezas
inmerecidas, al principio habían fingido dolor y preocupación, pues debían
cubrir las apariencias.
Luego de
repetir tantas veces la farsa, un buen día la peste comenzó a reclamar también
a los miembros de su familia. Recién entonces se preocuparon y pidieron a sus
médicos que encontraran una cura. Los encerraron en las mazmorras para que nada
los distrajera.
Cuando la
muerte les llegó a los médicos, los poderosos simplemente hicieron retirar los
cuerpos y en su lugar encerraron a los curanderos con la misma misión de
encontrar una forma de detener la peste.
Pero ya era
muy tarde.
Generación
tras generación de sus gobiernos había cultivado el arte de la incompetencia y
la injusticia. Aquello era para ellos orden natural de las cosas.
Quizás la
peste tenía sus cosas buenas, después de todo.
Me desplazo
muy lentamente. Ahora dependo más del sonido que de la vista para no salir de
la carretera.
Apenas dejé
atrás la seguridad de la arboleda recordé algo importante: en el campo la
oscuridad avanza mucho más rápido debido precisamente a la ausencia de luces
artificiales que la mantengan a raya.
Es gracias a
esas pequeñas réplicas de los cuerpos estelares que logramos evitar el pavor de
las noches cerradas.
El fuego nos
reunió durante miles de años porque nos protegía de las bestias salvajes.
Pero ahora
no tenía ni siquiera con qué hacer una antorcha.
Según mis
cálculos llegar al pueblo más cercano con ese paso vacilante me iba a tomar por
lo menos dos horas, si no tres.
Si los
cuentos del pueblo eran ciertos, a mi alrededor deberían rondar al menos una
manada de perros salvajes. Que nuestros caminos se cruzaran era apenas una
cuestión de tiempo.
Quizás ya
mismo caminaban a mi lado, entre los altos pastos, esperando el momento para
saltarme al cuello.
No podía ir
más rápido o saldría del camino pero ansiaba llegar a otro grupo de árboles
como el que había abandonado.
Una vez allí
tendría alguna oportunidad, me subiría a un árbol (por favor, ¡que haya árboles
de ramas bajas!) y esperaría el amanecer.
Tenía otro
problema.
Como no veía
más allá de mis narices, podía estar pasando ahora mismo al lado de mi
salvación y seguir de largo.
Recordé de
pronto que entre el borde del camino y el pasto había un angosto sendero de
tierra.
La tierra y
el camino tienen sonidos distintos.
Lo primero
que debía hacer entonces era poner un pie en el camino y otro en esa lengua de
tierra. Para ello debía descalzar un pie.
Así, aunque
pudiera lastimarme con alguna piedra o clavarme una espina, sentiría claramente
la suavidad de los pastos que rodean a los árboles. Sabría que debía detenerme.
Me detuve a
escuchar antes de hacer nada más.
A mi
alrededor el sonido de una brisa leve de verano levantaba mis cabellos de la
nuca, como si alguien respirase detrás.
Tranquilo,
hay que evitar esa clase de pensamientos.
Desde el
pasto no escuchaba ruido alguno. Nada de hierbas pisoteadas, ni cuerpos peludos
rozándolas.
Solo después
de estar seguro de ello, me senté en el camino y descalzé mi pie izquierdo.
La
superficie del camino era tibia y suave, pulida por el constante trascurrir de
carros y peatones durante siglos.
Me moví de
costado lentamente hasta alcanzar el borde y pisé con mi pie desnudo la
gravilla. El desnivel entre ambos terrenos no era excesivo, pero si no
encontraba rápidamente la arboleda, probablemente solo lograría destrozar mi
columna luego de caminar quilómetros en esa posición anormal.
Reanudé mi
marcha con una protesta del cuerpo que quería descansar y una queja aguda del
pie apenas tuvo que sostener todo el peso del cuerpo sobre pequeñas piedras
afiladas, mientras su compañero corría presuroso a aliviarlo de aquella
tortura.
Curiosamente,
podía ir más rápido de esa forma ya que no temía dejar el camino.
Ya lo había
hecho, al menos en parte.
La piel de
la planta del pie es la piel más gruesa del cuerpo humano. Si tuviéramos en los
pies el mismo tipo de piel que en las manos posiblemente no llegaríamos a
terminar un día entero sin los pies destrozados por el roce, el peso, el calor
de los calzados.
Pero uso
calzado desde bebé. He disminuido la resistencia de esa piel. Lo noto en que
mis pies están calentándose, anuncio claro de que voy a lastimarme, por el roce
desprotegido contras la arena gruesa de la banquina .
Pronto se
transformará en dolor, lo sé.
¿Este camino
tenía más árboles de este lado? ¿O del otro?
¿Y si ahora
mismo mientras camino de este lado estoy dejando atrás la arboleda que, oculta
por la oscuridad, se halla apenas a unos metros de mí?
III
“No te van a
querer ni los perros.”, me dijo antes de irse.
Habíamos
estado juntos durante seis años. Nuestros años de adolescencia finalizaron
juntos. Unió el primer beso a la primer herida.
Nunca la
entendí, creo que ni siquiera ella se entendía.
Nos
aficionamos a pasar el día haciendo el amor y comiendo en el campo, al lado de
un arroyo que corría por un monte de vegetación silvestre.
El agua
había deformado la tierra hasta convertirla en un canalón que, junto con las
copas de los árboles que apenas dejaban pasar el sol, formaba un túnel natural.
Dentro de
ese túnel, el aire era distinto al del campo. Allí se escuchaba el silencio,
repleto de misteriosas reverberaciones provenientes de lejanos puntos del
túnel.
Volvíamos
cansados y melancólicos de aquellas tardes.
Las horas
finales del día en el campo son las más melancólicas. Los suicidas eligen los
momentos en los que cae el sol para terminar con sus vidas, según dicen.
A ella
también le afectaba ese abatimiento general del día, se lunatizaba como una
hierba más y permanecía hasta bien entrada la noche en silencio, como si algo
la hubiera enojado.
Una vez
llevó un papel y en él dibujó la imagen de una mujer quitándose una máscara.
La máscara
sonreía, la cara debajo de la máscara era una versión envejecida y deprimente
de la otra.
“Este es mi
verdadero rostro”, me decía y yo no le creía. Para mí ella era el rostro que
aparecía en la máscara, se estaba confundiendo.
Tardé un
tiempo en comprender que se estaba rechazando en favor de aquella vejez en
ruinas que asomaba por detrás.
No supe
reconocer a tiempo su amor por la oscuridad.
Quizás por
ello fue de las primeras víctimas cuando la peste se llevó a la mayoría,
favorecida sin dudas por la cercanía de las personas entre sí.
Apretados
entre las estrechas callejas del pueblo, un estornudo podía propagar la peste a
más personas que ahora, cuando por las calles apenas se ve a la gente que vive
en ella o que no tiene otra opción que salir.
A los
muertos los sepultureros les quitaban las ropas, que luego quemaban, y apilaban
la gente como si fueran troncos de leña.
Para que los
espíritus todavía presentes en los cuerpos sin descomponer no se confundieran
sobre su destino, la cabeza debía ir mirando en la misma dirección. Así el alma
veía adonde llevaban su envase.
Mis hermanos
quisieron disuadirme pero yo intuía que la peste moría junto con su huésped,
así que caminé siguiendo el carro que llevaba los cuerpos a la fosa común sin
temor alguno.
Amontonados
hasta una altura considerable, me cerraba el paso una pared de pies que se
alejaba si no me esmeraba en seguirla a paso vivo.
Cientos de
dedos de todos los tamaños se frotaban entre sí, según el carromato saltara o
se hundiera en las imperfecciones del camino.
Reconocí los
suyos entre tanta pata gris, imperfecta, corroída por el trabajo, herida por
algún calzado malhecho.
Aún muerta
me excitaba verlos moverse, de un lado al otro, frotándose con sus vecinos.
Conservaban todavía una tonalidad rosada que pronto arruinaría la corrupción.
No podía
dejar de mirar sus dedos gordos, aquellos gotones de carne cuyo aroma había
saboreado durante las salidas campestres.
Le lavaba
los pies en el arroyo y luego los secaba con mi lengua, al compás de los
gemidos que crecían con cada embestida mía.
El agua,
neutral, nada podía hacer pero mi saliva concentrada lograba que sus dedos
florecieran en una plétora de sabores.
Colmaba mi
hambre con manjares que despertaban el hambre.
¿Por qué
todo tiene que terminar?
No pedí ser
un testigo, ni dar testimonio de nada.
Y sin
embargo, sigo queriendo vivir.
Me apoyo
nuevamente en la gravilla y es como si encendieran fósforos bajo el pie
descalzo.
De pronto me
detengo.
Hay un
animal en el camino.
No lo puedo
ver pero siento su respiración profunda.
El ruido del
pasto al ser roto me avisó.
Me quedo
quieto, esperando.
Evalúo mis
opciones.
Mi pie
desnudo aún no pisó otra cosa que arena por lo que a mi costado izquierdo sé
que solo hay más campo, no árboles.
En el lado
derecho probablemente también haya el mismo tipo de planicie seca, transformada
por la noche en amenaza.
Los sonidos
que el viento trae de aquel lado suspiran levemente en mis oídos pero escucho
ramas moviéndose.
Aquello que
está en mi camino vuelve a hacer otro ruido y entonces me doy cuenta que se
trata de un caballo.
Acaba de
lanzar un relincho.
Me habrá
olido, pienso.
El animal
debe haberse acercado pues el ruido que hizo cuando arrancó el pasto sonó más
fuerte. Además puedo escuchar cómo sus pesados dientes muelen la hierba.
Se encuentra
del lado del campo pues de otra forma habría escuchado sus cascos repicando
sobre las piedras del camino.
Me pregunto
qué hará si sigo avanzando.
Probablemente
se aleje, los caballos no suelen atacar a la gente. Lo ideal sería que pudiera
montarlo.
Escapé a pie
del pueblo para que las tropas del Señor tardaran antes de salir en mi
búsqueda.
Si
descubrían que además de desertar les había robado un caballo, casi que
prefería ser comido por los perros salvajes.
Sin
acercarse más, el caballo resopló molesto por mi presencia y se alejó corriendo
hacia el oscuro campo abierto.
El retumbar
de su galope se fue apagando a medida que se alejó del camino.
Yo también
debo seguir.
Cuando
levanto el pie desnudo, noto que se han incrustado decenas de piedritas en su
planta.
Cada una de
ellas ha abierto un pequeño punto en la piel que luego yo mismo he agrandado a
cada paso.
La planta
del pie es ahora un panal de heridas.
Quise
limpiarla y, estúpidamente, porque estaba muy cansado y no razonaba bien, en
lugar de sentarme para hacerlo subí la pierna para alcanzar la planta con las
manos y fue entonces cuando perdí el equilibrio.
Caigo
rodando por el profundo desnivel que me aguardaba, cómo saberlo, luego del
tramo de tierra.
Una roca más
grande que yo me detiene lo cual es una suerte, pues puedo oír como el resto de
piedras arrastradas por mi caída prosiguen su camino y se estrellan abajo, muy
abajo de donde estoy.
IV
Me dejo
estar un rato así, en esta posición. No me había dado cuenta todavía del
agotamiento y el hambre que tengo.
Hace ya
varias horas (¿tres?) que estoy caminando y muchas más desde mi última comida.
Dejo que el
viento de la noche seque mi sudor y luego, con mucho cuidado para no zafar de
la mano gigantesca que me sostiene, bebo de la mochila un largo trago de agua.
Puedo seguir
su trayecto por el interior de mi pecho, es como un suspiro helado que aleja
una parte de mi cansancio.
Sé que solo
es una ilusión.
Que apenas
logre ponerme en pie y volver al camino, lo cual de por sí ya será toda una
hazaña, me pondré yo mismo nuevamente en el potro de la tortura por un tiempo
que ignoro.
Extraño mi
casa, mis vecinos. Siento nostalgia incluso de la peste. Extraño morir
escupiendo sangre como debe estar pasando ahora mismo en el pueblo.
Pero no
quiero volver atrás. No puedo.
Paso la mano
por el pie para quitar las piedras que ocasionaron la caída pero retiro mi mano
apenas siento el fuego en mi pie.
Tengo la
mano mojada como si la hubiera metido en un charco. Estoy sangrando.
No sentía
dolor porque tenía el cuerpo caliente, ocupado en la caminata.
Cuando la
caída me detuvo, el dolor reclamó el protagonismo que los entumecidos músculos
habían ocultado.
Y eso no es
lo peor.
Desde hace
quién sabe cuánto tiempo, hay sangre mía en el camino.
Sangre que,
como las estrellas, ilumina el camino de las bestias hasta mí.
V
Ahora estoy
despierto nuevamente.
Y vivo
todavía. Ningún ataque.
Nada saltó y
me utilizó como su cena mientras dormía.
En todo
caso, pienso todavía atontado por el sueño, la roca es perfecta como plato. Su
tamaño seguro impediría que mis tripas se desborden y cuelguen una vez que me
desgarren el vientre.
Sacudo la cabeza
bruscamente, no debo dejar mi imaginación que mi imaginación me juegue malas
pasadas.
Esta vez me
di cuenta del sueño apoderándose de mí, pero me sentía demasiado debilitado,
tan irregular caminata y la pérdida de sangre hicieron que me rindiera fácilmente.
No me
importó, al menos así las cosas dejarían de doler por un rato o, si tenía mala
suerte, para siempre.
Y aquí
estoy, mirando desde el borde opuesto del camino como lo que primero es una
mancha de luz que agrisa la noche se extiende y luego toma lentamente un color
anaranjado que para mí en estos momentos, es el color de la gloria.
Se va. La
noche se va.
Aunque me
cueste volver al camino ahora podré usar los ojos.
Perdí la
capacidad de usar la oscuridad para mi provecho. De chico, ella me servía para
pasar desapercibido cuando me escapaba de mi casa mientras el resto de la
familia dormía y me iba a pasear a la luz de la luna por el campo.
Los
guardianes del pueblo me dejaban pasar pues en realidad su misión era impedir
cualquier ataque externo al pueblo, no que un muchacho esmirriado y con eterna
cara de sueño saliera.
A poca
distancia del pueblo había una elevación desde la que se podía ver los campos
circundantes, todos labrados, como si fueran una pila desordenada de platos de
distinto tamaño, pero de noche y solo si había luna apenas se veían sus
contornos.
Todo el
mundo aparecía gris con un tono azulado.
Y
silencioso.
Me sentaba
en el borde de la elevación y esforzaba la vista cada vez que unos lejanos
puntos negros interrumpían corriendo el tejido perfecto de la luz lunar.
Podían ser
ovejas corriendo, embriagadas por la ausencia de sus pastores pero lo dudaba.
De noche se las dejaba en corrales dentro del pueblo.
Los puntos
se dividían generalmente en dos grupos, uno más numeroso que el otro.
El que iba a
la cabeza de aquella carrera era el grupo menor, por lo general no eran más de
dos o tres individuos.
Detrás, el
otro estaba compuesto por cinco o seis puntos que tarde o temprano se acercaban
al primero y le restaban a éste uno de sus integrantes.
Era entonces
cuando los miembros restantes del primero se detenían a unos cuantos metros del
segundo y se quedaban esperando, como si todavía su compañero tuviera alguna
posibilidad de reintegrarse.
Luego la
carrera se reanudaba y la rutina se repetía tantas veces como el hambre de los
integrantes del segundo grupo lo requiriese.
Así fue como
me acostumbré a la muerte.
Me vuelvo a
calzar. Primero examino mi pie. Toda la planta está sucia de sangre
semicoagulada.
Ya no sangro
y eso es bueno, no seguiré perdiendo fuerza. Para volver a incorporarme debo
quitar todo rastro de piedras, semillas, insectos muertos o incluso vidrios
minúsculos que tengo incrustados en la carne.
Desperdicio
demasiada agua en la tarea y el trago que me regalo después quizás sea
inmerecidamente generoso pero lo preciso. Además estoy seguro que hoy sí voy a
alcanzar algún centro poblado en el que podré reabastecerme de agua y alimento.
Cuando
termino de calzarme, me pongo de pie para salvar la extensión de pasto que me
separa del camino.
Mi cuerpo
está como trancado. La parte baja de la espalda se siente dura como el hierro.
Mis
vértebras parecen haber adquirido vida propia y una propensión inexplicable a
trenzarse, regalándome dosis de dolor que trato de atenuar colocando mi cuerpo
en poses extrañas mientras me incorporo.
Finalmente
lo logro.
Vuelvo a ser
una criatura de dos patas.
Por poco
tiempo. Para subir hasta el camino debo tirarme cuan largo soy sobre la hierba
y usar todas mis extremidades para trepar.
Siento
pánico de no lograrlo, de quedarme por siempre atrapado entre la roca y la
pared de pasto. Ese temor es el combustible que me impulsa. Desoigo las
llamadas de dolor de cada parte de mi cuerpo.
Nunca pensé
que la simple gravilla fuera una visión tan hermosa. Una superficie tan amorosa
de tocar.
Pero lo es.
Es el límite externo entre la muerte y lo que sea que me aguarde.
Vuelo al
camino. Siento tanta alegría de haberlo logrado que me permito rodar sobre las
losas del camino que las primeras luces del día aún no han logrado entibiar.
Por primera vez en meses me río, no me importa, que me escuchen las bestias,
los hombres del gobernador si es que me han seguido.
Pero
el camino está vacío, como cuando salí del pueblo. Las primeras luces del alba
no permiten ver mucho más allá de donde estoy pero es suficiente.
Ahora solo
tengo que retomar el rumbo. Con cuidado de no volver sobre mis pasos, claro
está.
El horizonte
de mis pasos queda a mi izquierda. Hacia allá iba ayer.
VI
Mis padres y
mis hermanos siguieron los mismos pasos de mis abuelos y antes de ellos, mis
bisabuelos y antes aún mis tatarabuelos.
Todos
doblaron el lomo sobre la tierra, luchando por sacar de ésta lo necesario para
vivir.
Mis hermanos
trabajaban ya desde niños pues entonces mi familia no podía permitirse tener a
uno de sus miembros haciendo otra cosa.
Yo fui el
primero en negarme.
Aunque,
obligado por mis padres, pasé los últimos años de mi infancia en el campo,
apenas tuve la oportunidad me escapé.
Traté de
enrolarme en el ejército improvisado del gobernador, dueño del pueblo.
“Eres
demasiado enclenque para servir al Señor, vuelve dentro de unos años”, me dijo
el capitán mientras a sus espaldas la soldadesca estallaba en carcajadas.
Pero quiso
la suerte que un primo del gobernador, conocido en el pueblo por estar
absolutamente loco, quiso organizar una partida para ir a liberar Jerusalén de
los infieles.
Las noticias
decían que de todas las comarcas se estaba formando un gigantesco puño
cristiano que se abatiría sobre la ciudad sagrada como el puño de un gigante.
El
gobernador no quiso comprometerse en esos asuntos y apenas si le permitió que
su primo llamara a filas a todo aquel que quisiera acompañarle en su demente
empresa.
Éramos casi
todos niños y adolescentes jóvenes quienes acudimos a su llamada, todos
igualmente ansiosos de evitar el destino de nuestros mayores.
Nuestros
padres trataron de convencernos pero no se atrevían a prohibirnos que nos
uniéramos al ejército pues ello podía traerles problemas con nuestros
gobernantes.
Finalmente
el ejército nunca abandonó este país.
A los
“soldados”, aunque aún lo fuéramos, no se nos dio cabalgadura.
Caminábamos
día tras día detrás de las carretas con los víveres que a su vez seguían al
conductor de la expedición.
Los
cocineros de la caravana nos alimentaban con las sobras que jamás alcanzaban
para saciar nuestra hambre por lo que debíamos acudir a frutas y semillas
silvestres que encontrábamos a la vera del camino.
Pasamos por
varias aldeas, entre la risa sorda de sus pobladores y fueron esos mis primeros
contactos con el mundo.
Sus pueblos
eran iguales al nuestro, las mismas casas, el mismo apiñamiento de gente
rodeando la plaza central.
Un día el
primo del rey, nuestro líder, se desbarrancó junto a su caballo por trotar
demasiado cerca de un despeñadero.
Antes de
cruzar siquiera la frontera.
Sus
sirvientes emprendieron la huída, dejándonos solos y casi en pelotas en pleno
invierno.
El regreso
al pueblo duró meses.
Durante ese
humillante retorno aprendimos más que en todos los años anteriores de nuestra
vida en familia.
Todavía
tuvimos que sobrevivir a base de semillas y cortezas de árboles durante tres
semanas antes de alcanzar las primeras granjas.
Sobre ellas
descargamos nuestra frustración por el fracaso de nuestra fuga de una vida de
campesinos.
Saqueamos
las cosechas de los campesinos, furiosos y hambrientos.
Asesinábamos
a aquellos que intentaban oponerse a los saqueos.
Al principio
era tal el hambre que muchos de mis compañeros ni siquieran se molestaban en
cocinar la carne de los animales de granja.
Cortaban al
animal que caía en sus manos con lo que primero tuvieran a mano y luego lo
tazaban en trozos de carne todavía caliente que devoraban como si fueran fruta.
A pesar de
mi hambre de meses yo me contuve.
Fui
ampliando el tamaño de a poco, con pan o incluso con pedazos de masa aún sin
cocer.
Aquellos que
habían cedido a la tentación no tardaron en morir. Sus cuerpos colapsaban ante
tal súbita abundancia ingerida de manera tan violenta.
Estábamos
apenas a comienzos del invierno. Las familias que nosotros, la plaga, dejaba
detrás, estaban condenados a la muerte pues ya no tendrían tiempo para hacerse
de alimentos antes que los campos se transformaran en espejos de hielo.
Mi corazón
se volvió negro y duro como el carbón. Conocí el verdadero valor de la vida
humana, muy por debajo de la de una vaca e incluso de una horma de queso.
Aunque pasó
mucho tiempo antes de volver a ver las murallas de mi pueblo, lejos de sentirme
reconfortado por ello despreciaba aún más a mi familia, su vida desperdiciada
en el campo, luchando contra el tiempo para obtener antes del invierno la
cantidad de víveres y semillas que los recaudadores les quitaban a cambio de
dejarlos vivir dentro de las murallas.
Nunca más
agarré el mango de un arado.
Apenas volví
al pueblo volví a presentarme en el cuartel y esta vez no se rieron.
Me
aceptaron.
Quizás, a
pesar de su tosca apariencia, esos hombres sabían reconocer la desesperación,
sentían lo que mi familia no podía entender.
En todo
caso, a sus ojos ya era alguien que podía llegar a ser un soldado. Un patán que
valía la pena entrenar y alimentar.
Me convertí
en un joven fuerte, imbatible con la espada y la lanza, inalcanzable con su
caballo.
Batíamos
periódicamente el pueblo y sus alrededores buscando dentro de las casas de la
gente objetos y alimentos para los gobernantes.
Éstos, así
como le cobraban en especies a los de abajo por dejarlos pernoctar en la
seguridad de intramuros, nos sacaban el alma mandándonos en misiones de castigo
a aquellos que no estuvieran al día en sus obligaciones.
El
gobernador y sus parientes se sentían tan por encima del resto que nada hacían
por ocultar la cruel injusticia del sistema.
Eran tan
ingenuos como la virgen que se desnuda a la orilla de un estanque sin cuidarse
de que, oculto en la vegetación nada espere el momento para atacarla.
Por mi
condición de soldado pude un día entrar al palacio. Vi los recargados jarrones
jalonando corredores sin fin, hundí mis pies en profundas alfombras de
inadmisibles colores, escuché el insultante sonido del terciopelo deslizándose
sobre la desnuda piel de una cortesana, aspiré apenas el aroma de un plato
desconocido devorado delante de la guardia mientras el gobernador se dirigía a
mi capitán, con una boca tan repleta de comida que apenas podían entenderse sus
órdenes.
Si antes
había sentido desprecio por mi familia, ahora les odié por no rebelarse. No
sabían cómo usaban los gobernantes los tributos que ellos les rendían. Pero yo
sí.
Y no me
creyeron.
Aunque
hubiera podido, nunca ataqué a nadie de mi familia pero desahogué mi furia con
otros mansos.
Les
recriminaba por qué no me enfrentaban, por qué no trataban de parar mis golpes.
Desnudaba a las mujeres sin importar su edad delante de sus hombres para
humillarlos buscando alguna reacción.
A medida
que, gracias a mi comportamiento, ascendía en la escala militar, más furioso me
sentía.
Aquellos que
premiaban de tal suerte la creciente destrucción como ser humano eran quienes
merecían el mayor de los desprecios, el odio más profundo pero eran también a
los que nada podía hacerles.
De noche,
tendido en el catre del cuartel, fantaseaba con estrellar las cabezas de sus
hijos contra la pared.
Mi sangre
hervía, imaginando a sus padres paralizados observando mientras yo cubría sus
lujosas vestimentas con el contenido de las cabezas de sus hijos.
Hubiera dado
mis pulgares a cambio de poder degollar sus mujeres, hundir mi espada en sus
vaginas.
Una tarde,
el capitán nos ordenó incendiar una choza con sus habitantes dentro.
Eran seis,
un viudo con cuatro hijos y una chica, que vivían sobre una porción de campo
cuya mayor parte era apenas un promontorio de rocas.
El más
mínimo cambio en el viento les dejaba sin nada que cosechar. Apenas si
conseguían obtener algo para comer, por lo que mucho menos podían pagarle
tributo a la corte.
Eran el
ejemplo perfecto para demostrar la inflexibilidad de nuestro Señor con quienes
intentaran salirse del sistema.
Llegamos una
mañana a la choza.
Yo comandaba
la partida y, antes de cumplir la orden, quería verles las caras.
Les ordené a
mis hombres que esperaran afuera mientras yo entraba en la choza.
Sea lo que
fuere que tuviera en mente hacer esa mañana, no fue necesario.
Estaban
todos muertos. Desde hace varios días.
El olor
desde la puerta era insoportable. La luz de la mañana apenas alcanzaba a
iluminar la pared del fondo, pero con lo que se veía en el piso de la choza era
suficiente.
Todos los
cuerpos estaban a medio camino entre las camas y la puerta. Por la forma que
yacían no parecía que hubieran sufrido algún tipo de ataque.
Aún así,
había algo en la escena que despertaba mi curiosidad aunque en ese momento no
consiguiera poder definir qué era.
Tapándome la
nariz con el brazo le grité a mis hombres que quemaran todo. Y me alejé.
Mientras
abandonaba a caballo traía a mi mente la escena que había dejado atrás. Algo en
ella me obsesionaba.
No tardé en
comprenderlo pues ese mismo día me encontré ante una escena similar.
Los cuerpos
tendidos en el suelo, sin violencia aparente, a medio camino de la puerta como
si hubieran tratado de llegar a ésta antes de morir.
Y unos
bultos negros distribuidos por todo el cuerpo, concentrados en las zonas bajos
las axilas y en las ingles.
¿Qué eran
esas cosas?
¿El
resultado de un envenenamiento?
¿Se estaban
suicidando los más pobres de entre los pobres?
Al otro día
el número de casos se triplicó.
Y esta vez,
una de las víctimas fue una tía del gobernador por lo que no cabía pensar en
que, movida por el hambre, hubiera comido algún fruto venenoso o que se hubiera
suicidado para no seguir luchando contra una vida dura sin remedio.
Había
llegado la peste.
Y con ella,
la muerte de toda esperanza de ser yo quien les arrebatara la vida a mis
empleadores.
VII
Lo he
logrado.
He pasado ya
varios cuerpos lo que sin dudas marca que ya estoy aproximándome a Mandrera, el
pueblo más próximo al mío.
Los primeros
que vi formaban un grupo de tres (mujer, hombre, niño). De lejos parecían estar
durmiendo a la vera del camino, tomándose un breve descanso antes de reanudar
la marcha.
Pero bastó
que acercase apenas a un par de metros para que el hedor a carne en mal estado
y la visión de la piel arrugada en torno a los huesos me sacara del error.
El hombre
está sentado, con su mujer tirada al lado, sosteniendo al niño.
Si esta
gente murió por la peste, pienso, no se nota. En el maloliente papiro que ahora
los envuelve no hay bultos ni manchas.
Y, sin
embargo, no veo mordeduras ni les falta ninguna extremidad. Aún el niño está
entero siendo que sería la presa más fácil de robar para un depredador mediano.
Me quedo
unos minutos dudando si debo acercarme más a revisar el bolso que yace delante
del hombre.
Mis
provisiones ya están casi acabadas pero al mismo tiempo la incógnita de su
muerte me inhibe.
Quizás sí
los mató la peste pero tuvieron las fuerzas suficientes para salir de su pueblo
y la peste los agarró en el camino.
Es una
enfermedad rápida, con muy pocas variaciones en su desarrollo. Por lo general
empieza con una fiebre durante la noche y a la mañana siguiente aparecen los
primeros bultos.
Cuando eso
sucede, la persona sabe que está condenada. Durará hasta morir durante la caída
del sol, luego de haber delirado por la fiebre durante horas.
Los bultos a
veces revientan y dejar escapar un pus sanguinolento. Es durante esta etapa que
debe evitarse todo contacto con los humores que escapan del cuerpo.
Lo
descubrimos por las madres.
Abrazaban a
sus crías infectadas cuando lloraban por los intensos dolores que les causa la
fiebre.
Y luego
ellas también se enfermaron y murieron.
No sabíamos
cómo se sentía hasta que un soldado de mi compañía contrajo la enfermedad.
Nunca le había escuchado una queja, ni aún recibiendo las peores heridas.
Su último
día, sin embargo, lo pasó aullando de dolor, gritando que el diablo le estaba
quemando las tripas.
Así que era
perfectamente posible que esta familia se sintiera sana cuando decidieron
empezar la huída.
¿A qué
distancia estábamos ahora, ellos y yo, del pueblo en este punto?
Supongo que
ya habrá transcurrido suficiente tiempo como para los síntomas de la enfermedad
aparezcan, si es que yo también la tengo.
Es mejor no
correr el riesgo.
Los dejo en
paz y continúo, subiendo por el camino que ahora se ha hecho empinado.
Apenas dejo
atrás la subida empiezo a ver las primeras edificaciones. No habían llegado muy
lejos, entonces.
A mi derecha
hay un viejo torreón cilíndrico semiderruido. El lado que da a la calzada por
la que voy luce un viejo escudo en piedra, cuyas armas y letras apenas consigo
distinguir.
Luego, más
cuerpos.
Muchos.
Parece que
acá, a diferencia de mi pueblo, hubo un intento de huída en masa. Probablemente
el Señor de Mandrera y toda su familia hayan muerto ya. Por la peste o por las
espadas.
Acá sí
hicieron lo que debimos hacer nosotros, en lugar de quedarnos como estúpidas
ovejas, esperando la muerte dentro de las murallas bajo amenaza de nuestro
Señor.
A medida que
el camino baja, se interna en los suburbios del pueblo. Veo granjas a ambos
lados, abandonadas tan de
prisa que ni siquiera se ocuparon de cerrar las puertas.
Entro en
varias de ellas, buscando comida y, sobre todo, agua.
En la
primera de ellas, de madera oscura y techo a dos aguas, no encuentro comida
pero sí agua, en el pozo que queda en la parte trasera. Tiro el balde hacia
abajo y lo subo lleno hasta el borde.
Sumerjo mi
cara en él y bebo hasta saciarme.
Ha pasado ya
casi un día entero desde la última vez que tomé la última gota de la vejiga de
carnero en que llevaba el agua y ciertamente la caminata bajo el sol terminó
por evaporar de mí todo rastro de humedad.
Casi tengo
ganas de llorar mientras bebo de tan feliz que estoy.
Pero debo
detenerme antes de dañar mis riñones por el exceso de líquido.
Con
renuencia aparto el balde de mi boca y lo vuelvo a llenar allá abajo para así
poder rellenar mi odre, mi bota, mi oasis portátil.
Es entonces
cuando veo la cabeza asomando del agua, como si el cadáver estuviera tomando un
baño luego de un día agotador de trabajo en el infierno.
Las arcadas
me doblan en dos. El asco se une al miedo pues no sé de qué murió la persona
cuyo jugo acabo de tomar.
Debo
calmarme ahora, pienso.
Lo que sea
que tenga el agua ya está corriendo por mi cuerpo y no tengo forma de evitarlo.
Quizás no
fue la peste lo que acabó con él, quizás está allá abajo pues decidió
suicidarse tirándose de cabeza con la esperanza de romperse el cuello. O
ahogarse.
Me alejo de
la granja y cada uno de mis pasos se sienten como los de un hombre al que le
aguarda la horca o algo peor al final de su camino.
Estoy
condenado de todas formas, me digo, no tiene sentido seguir, la peste debe
haberse extendido por todo el país y nadie escapa a ella.
Sin embargo
todavía conservo el equilibrio mental suficiente para no terminar haciéndole
compañía al ser dentro del pozo.
Moriré por
el agua emponzoñada o por la peste.
En todo caso
debo esperar.
La sed me
hizo un animal.
No.
Peor.
Un animal
huele el río antes de beber.
Yo
simplemente ahogué mi sed en el balde sin tomar ninguna precaución.
Ese es un
lujo que no puedo permitirme.
Por la
posición del sol me doy cuenta que falta todavía mucho para la noche.
Podría
tirarme en alguna cama a descansar, tengo decenas a mi disposición dada la
total ausencia de otro ser humano en esta aldea, pero decido aprovechar las
horas.
Si no muero
hoy, pienso, seguiré mi camino y para ello, cuando salga de este pueblo, debo
llevar el máximo de provisiones y agua limpia que pueda.
Por lo que
recuerdo de aquella fallida incursión, el próximo pueblo se encuentra a varios
días de camino.
Lo único
bueno es que a partir de ahora abundan los bosques a la vera del camino. Tendré
abundantes lugares para subir en caso de que aparezca alguna bestia.
Lo cual me
recuerda otra cosa: debo conseguir un arma.
Cuando salí
de mi pueblo no me llevé ni siquiera mi propia espada pues en realidad todas
las armas, caballos y objetos de los soldados pertenecen al Señor. Y éste castiga
con la horca a quien le robe.
No quería
caminar mirando constantemente por encima de mi hombro por si una partida de
mis antiguos camaradas había salido en mi caza.
La poca
distancia entre un pueblo y otro, más mucha suerte, me permitió llegar a salvo hasta
acá.
Pero ahora
el camino sería largo y (no quise pensar en eso más de un segundo), las ramas
de los árboles quizás ya estaban ocupadas por algo, esperando pacientemente a
que un viajero indefenso pase por debajo.
Y esa,
comprendí, era la tercera opción.
Si no
conseguía, y pronto, un arma, el ser que caminaba por la vacía aldea ya estaba
muerto.
VIII
Finalmente
me quedé dormido sobre una cama.
Ayer pasé el
día recorriendo la aldea, que no es muy grande. Entré en cada una de sus casas.
No encontré
ningún cuerpo y tampoco ví en las afueras o en el camposanto señales de
enterramientos masivos. Es como si nadie, salvo por la familia y los otro
cuerpos que vi a la entrada del pueblo, hubiera muerto acá desde hace mucho
tiempo.
Ni siquiera
tuve que forzar puerta alguna. Por lo general estaban todas abiertas y las que
encontré cerrada no tenían puesto los pestillos.
De a poco el
estado de alerta con que iba recorriendo el pueblo fue mutando primero en
confusión y luego, a medida que la sospecha de encontrarme solo se fue
confirmando, en rutina.
El palacio,
vacío de toda alma, del Señor era bastante pobre comparado al de mi pueblo pero
lo habían edificado con piedras a diferencia del resto de las viviendas que
eran de madera.
Allí sí
encontré algunos vegetales que todavía lucían sanos, mucha carne en mal estado
y, en la sala principal, un grupo de armas al costado de la estufa principal
con la que se calentaba la estancia en invierno.
Allí
estaban. La pica, el mandoble, el sable, el estoque, la espada de doble filo y
ranura en el centro para que la sangre de los enemigos se escurriera por ella
hasta el codo de donde debía chorrear, regando la tierra como lacre de las
míseras victorias humanas.
Llevé la
espada conmigo. Las otras armas eran demasiado débiles para enfrentarme a una
bestia o demasiado pesadas, como el mandoble que tiene la altura de un hombre,
para poder maniobrar a tiempo con él. La pica me hubiera servido si no fuera
que la madera del mango era vieja y había sido usada tantas veces que estaba a
punto de romperse.
La presencia
de la espada acompañándome me calmó bastante mientras terminaba de visitar las
casas del pueblo.
Una vez que
estuve seguro de mi ventajosa condición como único poblador, me dejé caer sobre
una cama. No era más que unas balas de heno con un cobertor cubriéndolas pero
sin duda fue una mejora respecto del suelo sobre el que dormí las últimas dos
noches.
No pensaba
pasar la noche en el pueblo pues yo lo recorrí y comprobé que no había otra
presencia en él de día.
Sin embargo,
todavía quedaba por aclarar la causa del súbito abandono, si es que fue
abandonado. Dentro de esa incógnita a despejar no podía desechar la posibilidad
de que la causa de las desapariciones estuviera aún en el pueblo.
Conmigo.
Y la noche
tiene en su rostro señales de que ha visto demasiadas cosas, decía mi padre.
Dios,
nuestro verdadero Señor, ha creado el sueño para salvarnos de sus horas pues
ellas pertenecen al Diablo, señor de la oscuridad.
Hace apenas
un año yo tenía padres, hermanos, una mujer.
Ahora estoy en
un pueblo que no es el mío, ya no puedo volver sin ser castigado a mi tierra y
no sé si llegaré vivo al otro día.
Si la noche
pertenece a las cosas que uno debe evitar entonces el atardecer es de los
demonios de la melancolía.
Tanto mis
padres como mis hermanos eran gente sencilla. El trabajo en el campo les había
allanado todo camino al corazón de los problemas de este mundo de tal forma que
para todo tenían una explicación. Todo ha sido dispuesto por el Señor de
Señores, decía mi padre cuando me veía furioso por las injusticias que a diario
se cometían en el pueblo. Aún aquello que a nosotros nos parece que no debe
existir pertenece al plan maestro de Dios, sirve a sus propósitos que para
nosotros son inentendibles.
Misteriosos
son los caminos del Señor, entonaban a coro mis hermanos frente a la mesa
familiar, repitiendo lo que el Pastor decía en la ceremonia dominical.
Y de esa
forma se sometían a la vida que les había tocado en suerte. Jonxaca, el hermano
que me precedía en edad tenía algo de mi carácter rebelde e inquisidor pero mis
padres y los de su esposa se entendieron mucho antes que éste alcanzara la
adolescencia de tal forma que éste tuvo que deponer su rebeldía para atender el
hogar que entre las dos familias y su esposa le habían puesto en sus manos.
Los otros
dos, Reule y Darko, ya eran adultos con hijos cuando llegué al mundo. A sus
ventitantos años no les quedaban ya muchos años de vida como para estar
perdiendo el tiempo con preguntas sin mayor sentido, me dijeron una vez.
Muchas veces
sentí que mi familia hubiera sido mucho más feliz sin Yuryos el preguntón,
Yuryos el rebelde, Yuryos el hijo que pudo haberlos metido en problemas si no
fuera porque un día tomé la decisión de seguir al pariente loco del dueño del
pueblo.
Así como mi
partida fue un alivio para ellos, o al menos así lo sentí, la forma en que
regresé anunciaba un fin inminente para mí y quizás para ellos pues nuestro
gobernante solía tomar escarmiento en las familias de aquellos que lo ofendían.
Por suerte
para ellos me convertí en un esbirro del Señor. Me recibían aliviados de noche
a la mesa familiar aunque mis manos estuvieran manchadas de sangre.
Yuryos era
ahora una solución no un problema. Yuryos incluso les servía de escudo contra
las fuerzas del Señor, pensaban, por haber ascendido tan rápido en la escala
militar gracias a su crueldad.
Dejen que
Yuryos se siente en la cabecera de la mesa, decía mi padre cediéndome su lugar
y todos, incluído Darko el primogénito, obedecían.
Oh sí, una
espada hace maravillas por un hombre.
Luego la
peste los quitó de mi vida y, junto con ellos a mi mujer, la criatura con los
pies más sabrosos de este mundo.
Solo te
acordarás de la oscuridad cuando te quedes ciego, me dijo un día mi madre.
Esa noche
soñé con todos ellos.
Tomaban de
una botella que se pasaban entre sí pero que cuando llegaba mi turno, Darko, el
hermano que tenía a mi derecha, colocaba en mi rostro su mano de gruesos gordos
y entre carcajadas engullía mi parte dejando caer parte sobre su tupida barba.
El resto de la mesa me miraba y gritaba a coro “no, no, no!”, entre risas.
Luego veía
pasar la botella frente a mis ojos cuando se la cedía a Reule, que con su
temblor característico la tomaba entre sus manos y se la llevaba a la boca
entre hipos y luego continuaba la ronda.
Yo protestaba,
gritándoles, pero solo conseguía que se rieran más fuerte de mi pedido, como si
fuera un niño en una reunión de adultos. La tormenta agitaba las ventanas del
recinto donde se celebraba esa extraña ceremonia, batiéndolas como aplausos, la
lluvia sonaba sobre las paredes y sometían la casa a una paliza dada por miles
de puños.
La lluvia.
Hace meses
que no llueve en esta comarca.
Excepto por
los árboles, el resto de la vegetación luce un estado miserable, parece una
pobre imitación de sí misma.
No es extraño
que se vean pocos animales. La mayoría habrá muerto de sed o los llevaron
aquellos que antes habitaban estas tierras.
Aún en mi
propio pueblo la gente desde hace meses comenzó a devorar sus animales cuando
la escasez de las cosechas se reveló insuficiente para alimentar a la
población. Ni siquiera los cazadores volvían ya con presas de tamaño
considerable pues al parecer hasta los animales salvajes habían desaparecido.
Entonces
comenzaron por los gatos y perros.
Respetaron a
las vacas y caballos pues al menos estos sirven para algo más que dar compañía
o ladrar por las noches.
Cuando
terminaron con las mascotas, siguieron con las ratas que ante la ausencia de
sus enemigos naturales habían aumentado en un número considerable su población.
Finalmente
algunos campesinos en su desesperación sacrificaron a sus animales de labranza,
pues tampoco podían salvarlos del hambre al no tener grano con que
alimentarlos.
Todo este
miserable descenso ocurrió durante largos meses en que la sequía arrinconó a la
gente.
Y luego
llegó la peste, como si Dios pensara que la vida no tenía todavía suficientes
desafíos.
IX
Me desperté
llorando.
Y así estuve
durante un rato largo, llorando tan desconsolado que el llanto se transformó en
hipos. Las lágrimas me aflojaron los mocos a tal punto que me costaba respirar
y me quejaba en voz alta como había visto hacer a una mujer a quien la
obligamos a mirar mientras le sacábamos los ojos a su esposo y a su hijo.
Extrañaba a
los míos.
Soñar con
ellos me había debilitado, eso tenía que ser.
Pero es que
también me sentía confundido, sin saber qué hacer.
Aquello no
podía ser real. No se abandona un pueblo de la noche a la mañana, no
desaparecen todos los seres amados de un día para el otro como si una mano
invisible los levantara del suelo.
¿Qué iba a
hacer ahora?
No podia volver a mi pueblo, eso es seguro pero no le encontraba sentido a seguir.
No podia volver a mi pueblo, eso es seguro pero no le encontraba sentido a seguir.
Reemprender
la marcha sin rumbo desconocido hasta encontrar... ¿qué?
Yo ya no tenía patria, ni padres, ni amigos. Nadie sabía mi nombre y mi vida importaba tan poco como mi muerte.
Yo ya no tenía patria, ni padres, ni amigos. Nadie sabía mi nombre y mi vida importaba tan poco como mi muerte.
La muerte es
lo único que abunda en este mundo, la vida es apenas una ilusión. El estado
natural del mundo es la desaparición, la decadencia y yo no debería luchar
contra eso, me decía pues no encontraba fuerzas para abandonar la cama.
Quiero
morir. Quiero desaparecer.
Lo pensé y
luego lo dije una y otra vez hasta que el sonido de las palabras perdió todo
sentido.
Se
transformó en apenas un cántico ahogado, entonado por un agonizante.
Analicé las
salidas.
Colgarme de
alguna cuerda.
Dejarme caer
sobre la espada.
Buscar algún
veneno y tomarlo.
Volver para
que otros hicieran el trabajo.
Sentía la
garganta anegada con la pasta formada por los mocos y las lágrimas, me levanté
entonces para tomar agua.
Tomé un
copón que estaba sobre la mesa a los pies de la cama y lo llené.
Cuando lo
vacié a tragos agigantados por ansiedad, quise apoyarlo sobre la mesa pero la
madera de ésta se desintegró en motas del mismo color de la madera y el copón
se cayó al suelo, quebrándose en dos mitades perfectas.
La mano que
lo había sostenido se mantuvo congelada, como mi corazón.
En el medio
de la mesa ahora había un agujero de bordes imprecisos.
De todos
modos, pensé, la mesa sigue en pie.
¿Usé esta
mesa ayer o simplemente entré a este cuarto y me acosté?
Le apreté
una pata a la mesa. Se pulverizó entre mis manos y finalmente desapareció, lo
que ocasionó que la mesa cayera hacia mí. Por instinto me aparté como si
aquello fuera un duelo y el resto del mueble terminó de desvanecerse en una
pequeña nube marrón al chocar contra el suelo.
Hubo otro
efecto que en el primer momento no percibí.
En mi
violento retroceso para apartarme de la mesa había chocado contra el marco de
la puerta, la única abertura que tenía el cuarto.
Y ahora
tenía mi costado derecho incrustado en la casa.
Parte de la
pared y el costado del marco yacían a mis pies mientras el resto de la
estructura reposaba en mí.
Me separé
lentamente de la estructura para no ocasionar mayores desastres pero aún así la
parte superior de la puerta y junto con ella el techo cedieron.
El cuarto
primero se hundió y luego comenzó a drenar sus materiales, que se acumularon
frente a mis pies, formando un amontonamiento que se mantuvo a la misma altura
incluso cuando la corriente de lo que antes era el techo y las paredes de la
casa aumentó.
Salí
corriendo al exterior con temor a que se me cayera la casa encima pero era un
temor sin sentido.
La pequeña
cabaña todavía se tomó unos minutos en venirse abajo y se disgregó de tal forma
que finalmente no pesaba más que un copo de nieve.
Allí supe
que había empezado el fin.
X
Apenas
abandoné la casa y me quedé en el pastizal frente a ella, ésta se replegó sobre
sí misma hasta desaparecer sin que sobre el punto en el que se derrumbara se
formara montón alguno.
¿Qué magia
es esta?, me pregunté mientras notaba como a esa corrupción inicial le seguía
otra, que se extendía hacia las demás casas del pueblo como se extienden los
rayos del sol en una mañana.
Podía seguir
el trazado de esa cosa por el desmoronamiento gris del mundo que causaba.
Cuidando de
no estar en el camino de sus brazos, me fui moviendo hasta la salida del
pueblo, en la dirección por la que había venido.
Mientras me
acercaba a ella a mis espaldas el pueblo entero se reunía con el suelo entre
nubes de polvo multicolor.
Gris o
marrón si era una cabaña o una casa; rojo, verde, azul, amarillo si trataba de
una flor o un árbol pues no eran tan solo las edificaciones las que se
esfumaban de tal modo.
En su lugar
quedaba un manchón llano, que el viento limpiaba cuando se levantaba apenas un
poco de brisa y debajo de esa pequeña acumulación de restos no había nada más
que una superficie blanca.
Menos que
eso incluso.
Una
superficie necesita de un plano, de algo sobre lo cual colocar la textura del
pasto, arena o piedra.
En estos
puntos salidos del tejido de la realidad el efecto del viento quitaba toda
ilusión de terreno o camino.
Ni longitud
ni altitud, ni ancho ni largo.
Simplemente
un espacio en blanco, como la hoja que aguarda al escritor o el lienzo
impaciente por el pintor que se demora mezclando los óleos en su paleta.
Solo que acá
nadie me aseguraba que esa nada blanca fuera a ser cubierta por cosa alguna.
En el
camino, las cosas seguían aparentemente igual.
A lo lejos
podía ver la subida y en su cima al torreón semidemolido pero aún palpable y
concreto.
El grupo de
cadáveres seguiría aún detrás de la colina adiviné, pues en realidad desde el
pueblo no podían verse.
Así que
aquella fuerza desintegradora se limitaba al pueblo.
Si quería
seguir adelante, debía tratar de rodear el punto donde alguna vez hubo un
pueblo pues nada me aseguraba que no fuera a contaminarme yo también por esa
prisa desmanteladora.
Contaminarme,
esa palabra hizo sonar campanas en mi cerebro.
Si la
corrupción se detenía en las afueras del pueblo, y de hecho ahora estaba en un
punto del camino que se mantenía tan firme como siempre, entonces quizás esa
era la causa de la desaparición de la gente.
Y también
explicaba la presencia de los cuerpos que yo sabía estaban detrás de mí.
Eran pocos
los que se habían dado cuenta a tiempo como para poder huir. No se
salvaron de la muerte pero por lo menos sus cuerpos aún permanecían íntegros,
sin parecerse al remanente de un fogón.
Afuera del
pueblo el campo seguía igual de amarillo y plano.
Muy a mi
pesar, abandoné el camino y me interné entre la maleza baja que bordeaba el
camino para cruzar el campo en dirección al camino que seguía luego del
no-pueblo.
Me tomó
apenas unas horas rodear el raspaje blanco de lo que alguna vez había sido un
asentamiento humano.
Desde
aquella distancia parecía un cristal iluminado desde abajo, un parche blanco de
luz en medio de las imperfecciones del mundo.
No conseguía
pensar en él, noté, mis recuerdos también se habían deshecho.
Lo último
que recordaba era estar pasando delante del torreón y luego de comenzar el
descenso de la pequeña loma, mi conciencia saltaba hasta el momento presente.
Delante de
mí había una pequeña corriente de agua que apenas unos metros a mi izquierda,
desaparecía en su pasaje por la misteriosa blancura.
Finalmente
aquello había resuelto mi dilema, obligándome a continuar el viaje a pesar de
el poco ánimo con que me había despertado esa mañana.
Esos
caprichos de mi espíritu se habrían convertido tarde o temprano en mi
perdición, reteniéndome en aquel lugar hasta el punto en que yo también hubiera
desaparecido.
¿Por qué no
me había afectado esa corrupción?
Me detuve un
momento para recuperar el aire y mientras, me revisé el cuerpo.
Allí, en el
brazo derecho, sobre la cara interna del codo.
Un parche de
piel arrugada y gris, salpicada de pequeños puntos rojo oscuro.
Tenía la
forma parecida a la del cuerpo de una araña grande, sin las patas, y pulsaba
como si quisiera salirse del resto del cuerpo.
Picaba
muchísimo ahora que la había descubierto.
Tuve que
resistir el impulso de rascarme pues apenas lo hice mis dedos se llenaron de mi
propia ceniza.
En la zona
por la que había pasado mis uñas el brazo lucía ahora sensiblemente disminuido.
Si seguía
haciéndolo probablemente pasara mi mano para el otro lado, logrando en mi
torpeza que una parte del brazo se desprendiera, perdiendo así una mano.
Continué mi
camino, obsesionado por aquel culo de araña que cargaba, asqueado por mi
indecisión.
“Si un ojo
te traiciona, debes quitártelo.”
Pero
necesitaba las dos manos, debía tomar impulso y seguir, esperando que aquello
comenzara a cerrarse cuando más lejos me hallara del punto blanco que comenzaba
a dejar atrás.
La otra
parte del camino, que empezaba allí donde terminaba el parche blanco (¿o donde
terminaba el fin?), estaba compuesta básicamente por bosques que se extendían a
lo largo de varios quilómetros, tal y como recordaba de mi expedición por estos
lugares cuando integraba la partida de locos furiosos retornando a la vida
miserable que les esperaba.
Los árboles
estaban tan cerca uno de otros que sus ramas se encontraban entre sí y formaban
una muralla natural.
Esa
característica me protegería una vez que llegara al camino aunque por ahora
encontrar dicha seguridad me estaba costando más de la cuenta.
No encontraba
un solo punto abierto en aquella maraña vegetal.
El cerrado
muro vegetal que impedía a las bestias llegar al camino tampoco me dejaba pasar
a mí, por lo que ahora era una presa fácil, sin un lugar a donde escapar en
caso de que me atacaran.
Tras muchos
penosos intentos consistentes en escurrirme entre las ramas adoptando
posiciones insólitas en busca de una salida hacia el camino, a veces alcanzaba
una pequeña brecha entre las ramas, a través de la cual podía ver un tramo del
camino.
Si pasaba un
brazo podía incluso sentir su piso pero para mí estaba igual de lejos que la
luna.
Entonces me
retiraba frustrado, dejando que las ramas y espinas añadieran otras heridas a
las heridas de intentos anteriores.
Cada fracaso
solo aumentaba el dolor de mis brazos, sin olvidar mi pie debilitado y todavía
sin curar de las heridas recolectadas durante la caminata nocturna en el
camino.
Finalmente
encontré un lugar abierto en la espesura, cuando ya mis brazos se habían
transformado en dos antorchas dolorosas y la sangre fluía libremente desde
muchos cortes y tajos.
Un árbol,
mucho más viejo que sus compañeros, se había caído hacia el lado del campo,
arrastrando con él a otros y me sirvió como puente una vez que le ofrendé mi
tributo en sangre al pelearme con sus ramas para subir al tronco tendido.
Dentro, las
piedras que formaban el camino no se veían pues estaban cubiertas de ramas y
espinillas.
Me apuré en
dejar atrás el punto antes que algo más usara el mismo pasaje.
La araña
gris en mi brazo parecía haber recobrado vitalidad y me llegaba ahora casi a la
muñeca.
Recuerdo que
en un momento me pregunté si la sangre que perdía yo no terminaba
alimentándola, haciéndose más fuerte al tiempo que me debilitaba.
Tiempo.
Todo se
reducía a cuál de los dos, la araña o yo, tenía más tiempo por delante.
XI
El camino se
hace monótono.
A partir de
cierto momento esta sucesión ininterrumpida de árboles entrelazados, no me
permite ver el paisaje que hay más allá de la vera del camino. Es como si
hubiera vuelto la noche a pesar de los rayos solares que caen a plomo sobre mi
cabeza.
La muralla
está compuesta por árboles, pinos en su mayoría, de una variedad a la que le
nacen las ramas casi desde la base del tronco.
Si aparece
otro tipo de árbol, como las acacias cuya altura denuncia su edad, entonces el
espacio entre las primeras ramas y el suelo está igual de atorado, maleza y
arbustos rellenan los resquicios, cerrando el paso y la vista.
Aunque me
siento protegido, no puedo evitar pensar en las bestias que todavía no he
visto, pero sé o creo saber, merodean detrás de los árboles buscando el
punto flojo de ese tejido vegetal para entrar al corredor y atacarme.
La piel de
araña gris en que se ha convertido parte de mi brazo parece haber detenido su
invasión.
Quizás se
deba a que me alejé de la zona blanca, el punto emisor de aquella
deconstrucción que acabó con el pueblo.
Hace horas
que camino pisando semillas y pequeñas ramitas.
Mis heridas
se han cerrado pero sobre mis brazos la sangre coagulada me cubre como una
camisa ajustada, cada movimiento de mis brazos es acentuado por la piel
tirante.
Me detengo y
me siento, apoyando la espalda contra el tronco el árbol con menos maleza
cubriendo su tronco.
Siento la
base de la espalda como si fuera madera, es como si los músculos estuvieran
trancados. No me dolería más que si tuviera una rodilla hincada en mis riñones.
Tomo algo de
la comida que saqué del pueblo en el morral. Es menos de la que precisaba pero
la huída precipitada no me permitió llevar mucha cosa.
Al menos
tengo suficiente líquido, solo debo racionarla.
En esta
parte del camino todo está en silencio.
Debería
escucharse el canto de los pájaros o el sonido de las ramas movidas por el
viento. En su lugar, el calor parece haberse quedado con todo, animales,
viento, insectos, mi respiración que inspiro y exhalo con dificultad pues el
aire caliente acelera mi corazón.
Me detengo
en observar la espada que encontré en el pueblo.
Tiene una
doble empuñadura adornada con animales que evidentemente solo vivían en la
imaginación del orfebre, a juzgar por lo caprichoso de sus formas.
Alcanzo a
distinguir una oveja con cola de escorpión, un perro cuyo hocico está en la
cola, un ave parecida a un avestruz con cabeza de cocodrilo y muchos más.
La hoja es
de acero templado a sangre.
En mi pueblo
también usaban ese método pues asegura que la espada amanezca sedienta.
Se toman
prisioneros de guerra o a algún preso de los calabozos de palacio.
El elegido
es llevado al patio de la herrería y allí se lo ata de pies y manos a un par de
estacas. Mientras el herrero se toma su tiempo para terminar la espada
martillándola una y otra vez hasta que alcance el espesor deseado.
Todo el
trabajo lo hace con la hoja al rojo vivo, metiéndola y sacándola en un horno de
barro alimentado por la leña que sin cesar le introduce un ayudante.
Cuando
finalmente la espada alcanza el punto deseado, el herrero se la entrega a uno
de los parientes del señor que ha sido previamente llamado a la ceremonia.
Éste, sin
bajar nunca de su caballo pues no debe tocar el cielo, trota en su montura
hacia donde está aguardándole el prisionero y entonces hunde la hoja ardiente
en el pecho de éste, que lo atraviesa de lado a lado sin mayor esfuerzo.
De esa forma
se templa una espada.
Y esta que
tengo ahora en mis manos ciertamente ha recibido ese tratamiento. Vibran de
cierta manera que el acero común no posee.
Si la
memoria no me falla, el próximo pueblo todavía queda bastante lejos.
Deberé
dormir en el camino, pienso, mientras analizo como equilibrar la seguridad con
mi comodidad.
Para ello
junto las ramas y hojas secas caídas en un montón al que le agrego ramas que
arranco. Decido esperar allí la noche, los brazos me arden por las heridas, mi
cabeza me late por el sol que la ha tostado sin compasión por horas, mis
piernas me duelen por la caminata y la espalda se siente como una camisa de
madera.
Necesito
descansar.
No tiene
sentido que gaste mis escasas fuerzas corriendo detrás de un horario
innecesario.
Después de
todo, el tiempo ha dejado de existir para este mundo en el que vivo.
Lo único que
me importa ahora es alcanzar al próximo pueblo y de acuerdo a lo que encuentre
allí, decidiré qué camino tomar.
La noche,
lentamente, se adueña del cielo.
El corredor
se llena primero de sombras y luego de una oscuridad sin atenuantes apenas controlada
por la luz que emana mi fogata.
La madera
recita sus últimos sonidos a medida que el fuego la consume.
El límite
entre la luz y la oscuridad se mueve constantemente debido al movimiento de las
llamas.
Allí, en esa
frontera difusa, la oscuridad adquiere movimiento, se asemeja por momentos a
una oscura sopa llena de grumos y burbujas que aparecen y desaparecen.
Ya estoy
durmiéndome cuando dos de esas burbujas se atreven a acercarse más que las
otras. Se transforman en dos ojos unidos al rostro de una criatura.
Me mira con
hambre. La luz es lo único que impide que se lance sobre mí. Detrás la
oscuridad se mueve frenética y alcanzo a escuchar el suave roce de sus cuerpos.
Mi cansancio
desaparece.
Esta noche
no dormiré, pienso, la fogata es el único hilo que me mantiene a salvo.
Alimentarla
me mantiene ocupado durante horas.
La danza del
fuego es hipnótica, relajante. Su tibieza insiste. El sueño me toma con la
delicadeza de un amante y me quita, antes de hacerme suyo, el cansancio, el
dolor, el miedo. Observo mi cuerpo mientras pierde consistencia y se desliza
sobre las piedras del camino con la misma indiferencia con que he visto caer a
tanta gente en mi pueblo.
Como allá,
de mi cuerpo se escapa la vida a medida que la fogata disminuye y el área
iluminada decrece hasta que los rescoldos apenas tiñen de sombras rojas el
pavimento.
Desde las
sombras, tímidamente al principio y luego con urgencia, las criaturas se
aproximan y me cubren.
No siento su
peso cuando se posan sobre mi pecho ni dolor cuando me desgarran la garganta.
Sus narices
achatadas, manchadas con mi sangre, gorgotean con ansiedad mientras hunden sus
largos colmillos en los agujeros hechos en mi cuerpo.
El tiempo
parece acelerarse.
Mi cuerpo
deja su forma humana y se parece cada vez más a una porción de carne sin forma
tirada al azar en un camino rural.
Sobre esa
fila de árboles las estrellas iluminan el mundo.
Salvo por
los pequeños puntos luminosos esparcidos por la campiña todo está oscuro. No
hay luna esa noche y un cielo cerrado oculta las estrellas.
Caigo
arrastrándome sobre mi espalda por un camino empinado cubierto de hojas
amarillas.
Trato de
frenar el envión atrapando alguna rama del seto que está a ambos lados del
tobogán pero jamás llego de tan rápido que voy.
Sobre mi
cabeza las ramas de los árboles, otros árboles distintos a los del camino, han
crecido tanto que se juntan y forman un túnel como el de los montes silvestres
que explorábamos con mi primer mujer.
A una gran
distancia detrás de ellos veo un cielo claro y azul, sin una nube.
Sigo cayendo
durante minutos o quizás horas pero cuando estoy tomándole el placer como si
hubiera vuelto a ser un niño, allá abajo, al final de esta bajada, veo una casa
de dos plantas y muchas ventanas cerradas.
La inercia
que acumulé durante mi deslizamiento hace que una vez terminada la cuesta siga
moviéndome velozmente hasta la entrada de la casa.
Es una
puerta de dos hojas felizmente abiertas que en cuanto penetro a la casa se
cierran con un gran estruendo a mis espaldas.
XII
Me levanté
en una sala desde cuyo centro se alzaba una escalera que llegaba al piso
superior.
Todo,
paredes, piso, techo, había sido construido con madera de calidad aunque los
años le hubieran sacado el lustre y la cantidad de polvo acumulado la tiñera de
gris.
Todos los
muebles estaban cubiertos por telas que en alguna época habían sido blancas.
Ahora amarilleaban por el pasaje del tiempo y no desentonaban con la decadencia
general de la casa.
Bajo las
sábanas, los muebles eran de estilo y para tapizar las sillas se había usado
seda, algodón grueso y lonetas finas.
Evidentemente,
nadie vivía allí desde hace mucho tiempo.
Por ello es
que me tomó cuando desde el cuarto que estaba a mi derecha, me llegó el
murmullo de un grupo de gente que no podía ver pues la puerta que comunicaba
los dos ambientes estaba cerrada.
Tanteé el
picaporte para ver si le habían pasado la llave y la puerta apenas se movió un
poco pero al menos no estaba trancada.
Por alguna
razón me desesperé por llegar a donde estaban los otros. Ya casi había olvidado
el sonido de la voz humana pero había algo más.
Yo conocía
esas voces.
Mi familia
estaba en el otro cuarto. Mis hermanos y mis padres hablaban sin que yo pudiera
entender lo que estaban diciendo.
Mientras
estaba haciendo fuerza para pasar al otro lado mi desesperación crecía.
Necesitaba verlos, solo eso me importaba.
Los cómo y
los porqué en ese momento no tenían cabida, yo era apenas un niño abandonado
luchando contra un gigante que le impedía llegar con los suyos.
Por fin la
puerta cedió. El borde de una gruesa alfombra que cubría la otra habitación era
lo que trancaba la puerta.
Para cuando
finalmente logré entrar, apenas llegué a ver como la puerta que estaba en la
pared a mi izquierda se cerraba al tiempo que ese conjunto de cuchicheos y
murmullos se iban alejando.
Corrí para
seguirlo pero nuevamente me encontré con el mismo problema. Tuve que emplear
mucha fuerza solo para encontrarme con una repetición de la escena anterior: un
corredor cuyos extremos se perdían en la lejanía y frente a mí otra puerta
cerrándose no sin antes dejarme escuchar apenas un resto de lo que estaban
diciendo los míos.
Estuvimos
así un buen rato.
La casa
tenía muchos cuartos, muchas puertas y yo tenía cada vez menos fuerzas.
Al cabo de
un rato dejé de ver puertas cerrándose. Apenas escuchaba el ruido que hacían en
el cuarto próximo al que acababa de ingresar.
Comprendí
que los estaba perdiendo.
Nuevamente.
A mi fuerza
menguante se unió una profunda tristeza y me dejé vencer.
La última
puerta que abrí daba al exterior. Sin señal alguna de mi familia.
Al costado
de la casa se extendía un prado con el césped más verde que jamás había visto.
Quien se
ocupaba de ese espacio hacía su trabajo a conciencia. No se veía ni siquiera
una hoja sobre el césped, ni la más pequeña ramita que alterara el perfecto
paisaje.
En cambio,
el jardinero había diseñado el terreno con canteros de flores cuyos colores
eran tan intensos como el del césped.
Los canteros
eran cuadrados, circulares o triangulares y los habían combinado para que
acompañaran los senderos de arena blanca que serpenteaban por todo el sitio.
Aquí y allá
bancos de hierro forjado semejando leones alados estaban ubicados
estratégicamente para que el ocioso paseante pudiera reponer fuerzas antes de
proseguir mi camino. Su camino, digo.
Me agaché y
tomé una brizna de hierba que coloqué entre mis dientes mientras paseaba
silbando por aquella maravilla, fruto del ingenio y bondad puesta en evidencia
por el constructor en cada detalle de aquel oasis.
El vegetal
entre mis dientes me molestaba un poco al principio para silbar pero, luego de
entrar en contacto con mi saliva, empezó a crecer de tal forma que se enredaba
entre mis dientes.
Aquella
pequeña pieza tenía una vitalidad asombrosa.
En poco
tiempo había invadido mi boca y si no fuera porque traté de arrancarme esa cosa
cada vez más molesta de mí hubiera bajado por mi garganta hasta matarme.
Pero no
paraba de crecer, continuaba saliendo y saliendo y estaba parado sobre un
montón de mi propia hierba. Los colores y aromas de las plantas y flores ahora
dolían en mis ojos y nariz.
El pánico
hizo que empezara a correr pero tropecé con la gruesa liana verde que brotaba
de mi garganta y caí sobre el césped.
Seguí
moviendo mis brazos en el suelo hasta darme cuenta que no estaba sacando nada
de mi interior sino que por el contrario estaba cubriéndome de arena, ramas y
cenizas pues mis frenéticos movimientos me arrastraron hasta el fogón, ahora
apagado, que había encendido antes de dormirme.
XIII
Me levanté
fastidiado.
Había algo
en la noche asediándome. Una fuerza que no podía distinguir buscaba detenerme,
ansiaba mi rendición.
Debía
apurarme para llegar al próximo pueblo antes de la próxima noche.
Si aquella
fuerza me encontraba nuevamente en el camino durante la noche, su asedio quizás
terminara por derribar las cada vez más débiles barreras que mi mente le
colocaba.
Ya no me
distraje más con los sonidos de los altos árboles a mis costados o el crujir de
las ramas bajo mis pies.
No me detuve
ni siquiera para comer, metía mi mano en el morral y arrancaba un trozo de
ración.
Mi caminata
adquirió un ritmo regular a trancos largos. Sentía la protesta inicial mis
músculos pero a medida que éstos fueron calentándose por las repeticiones,
enmudecieron.
Pasé horas
enfocando mi mente únicamente en la ruta, atento a la menor variación que
indicara mi proximidad al poblado.
Recordaba
sus altas murallas blancas, jalonadas de a tramos con adornos multicolores
elaborados con grandes piedras semipreciosas, pues dentro vivía un pueblo
enriquecido por su ventajosa ubicación cerca de la frontera.
Al
extranjero que traspasara sus murallas, y vaya que sí lo hacían en infatigable
número, lo recibía un abigarrado mercado donde se mezclaban las especias más
exquisitas con las telas más ricamente elaboradas.
Sus
habitantes cultivaban las artes y las letras en una escala sin parangón en
nuestra región, a tal punto que la música y el canto continuaban hasta bien
entrada la noche en las múltiples cantinas que estaban alrededor del mercado.
En ellas múltiples acentos y lenguas contribuían a la polifonía casual.
De tales
formas, el olfato, el sabor y los oídos estaban continuamente mimados.
Sus
dimensiones eran del doble o triple que mi pueblo. Si sobre ellos había caído
también la peste sin dudas que los estragos serían mayores pero, por pocos
sobrevivientes que encontrara aún así éstos serían un número mayor al de los
habitantes de mi pueblo.
La noche
había operado un cambio en mí pues no estaba huyendo de la infección, sino que
me ahora me afanaba en llegar cuanto antes a un sitio donde probablemente ella
me estaba esperando ansiosa como una celosa amante, dispuesta a apresurar el
encuentro con mi destino.
No me
importaba. El culo de araña de mi brazo había dejado de crecer y se estaba
secando a medida que la piel renacía.
Prefería morir
a desaparecer y quería morir entre mis semejantes, no solo como un perro
salvaje.
Los perros.
No habían
aparecido en todas estas horas.
Delante mío
solo se extendía un larguísimo corredor de hojas y ramas caídas, similar al del
sueño de la última noche.
La primera
señal de cambio llegó con el movimiento de los árboles, agitándose como si la
mano de un gigante los tumbara de a uno sobre el camino por el que iba a pasar
yo y luego los pusiera de nuevo en su lugar.
El espanto
brotó en mí como una llama nueva. Aquello estaba sucediendo a pleno día, no
estaba dormido, era cierto, estaba sucediendo.
Cada árbol,
en su caída y posterior reposición, levantaban una nube compuesta por la tierra
y ramas del camino mezcladas con los nidos y ramas muertas que el árbol dejaba
caer por efecto del volteo.
La nube que
así se formó fue espesándose de tal forma que pronto la luz del sol fue
debilitándose y me encontré caminando dentro de una bruma cerrada y espesa por
los miles de pequeñas partículas de madera, insectos muertos y vivos, plumas de
pájaros, hojas secas, hojas verdes, frutos del bosque, hilo de cometas, palos
de flechas, vidrios de botellas, tableros de ajedrez, saltos combinados, juegos
de memoria, paños olvidados, papeles al viento.
Respirar
todo aquello supuso una tarea titánica para mis pulmones y determinó que a
partir de cierto momento la velocidad de mi caminar se enlenteciera pues las
toses y esputos con los que intentaba limpiar mis vías aéreas para obtener más
oxígeno con el que alimentar mis fuelles se convirtiera en mi principal
trabajo.
Caminaba a
ojos cerrados, confiándome en la suerte que, a decir verdad, no había salida a
mi encuentro precisamente en su mejor forma.
No había
otra forma de salir de aquella extraña tormenta. Debía llegar al centro de ella
para aproximarme a uno de sus bordes.
Perdí toda
noción que no fuera la del movimiento cuando éste era posible. Me dolía mucho
la cabeza luego de un rato por el estruendo de los troncos abatiéndose sobre el
suelo.
Además,
mientras eran repuestos en su colocación original absorbían parte del aire del
corredor natural que la arboleda formaba con lo que la mísera ración de oxígeno
disminuía un poco más.
Finalmente
el golpeteó cedió, muy de a poco.
Cuando la
bruma claró sentí en mis párpados cerrados nuevamente la tibieza del sol y los
abrí.
A unas pocas
horas de camino, allí delante, asomaban como dientes en una gran sonrisa las
murallas de la gran ciudad.
Me había
salvado.
Podría morir
como un hombre.
XIV
Al
pie de las murallas sobre un cartel podía leerse “Declarar nombre, apellidos,
naturaleza de la carga y número aproximados de días que el comerciante/ turista
planea permanecer en nuestra ciudad. Las autoridades y el pueblo de Moldavia le
dan la bienvenida.”
Pero
no encontré a nadie allí en ese momento que prestara sus orejas para mi
declaración.
Sí
que estaban adelantados, motivado por la afluencia diaria desde todos las
regiones circundantes, sin duda que el sofisticado aparato administrativo había
ideado este procedimiento previo para llevar un control mínimo sobre el número
y la clase de extraños que cruzaban su propia frontera interior.
En
el piso desnudo, bajo el cartel, una señal apuntaba a un orificio desdentado en
la muralla, determinado por las autoridades para ser la única vía de entrada a
la ciudad.
El
extranjero debía agacharse para poder pasar al otro lado. Nuevamente la
inteligencia y sensatez de los señores de tan gran ciudad se revelaba.
A
sus dominios se entraba con la cabeza gacha, en señal de sometimiento y, si uno
era demasiado grueso para pasar por el agujero ya que éste no era demasiado
amplio, entonces debía seguir una dieta de ayuno riguroso durante varios días.
Consumir apenas los hierbajos mínimos para mantenerse vivo mientras el cuerpo
deshacía los quilos obtenidos seguramente por medios espurios y el espíritu
adquiría mayor presencia sobre el cuerpo.
Yo,
que de por sí era robusto pero a quien tantos días de privaciones y
sangrado habían consumido, pude internarme en la muralla sin siquiera tocar los
bordes de sus grandes bloques.
Cabía
dentro del intersticio entre los blancos dientes de aquella gigantesca
dentadura sin llamar la atención.
Me
recibió una vista maravillosa, como no recordaba haber visto cuando regresamos
de la deshilachada cruzada.
Los
señores no habían perdido el tiempo y toda la ciudad había sido remodelada.
Las
calles internas destacaban por su anchura y hasta donde alcanzaba a ver todas
las edificaciones eran de piedra recubierta con mármoles veteados, de tal forma
que la ciudad aparecía ante mí como una expansión de las posibilidades que
puede alcanzar el color.
Variedad
en la unidad, pensé, todas las casas son iguales en su forma (una pequeña
entrada flanqueada por columnas rematadas en forma de flor, un primer piso
extendido sobre la entrada por un balcón cuya balaustrada no prohibía el paso
de la luz diurna al mismo tiempo que protegía a sus moradores de cualquier
indiscreción, la misma ventana rectangular de doble hoja repetida en el lado
izquierdo de la morada) pero las vetas de los mármoles se distinguen por las
volutas petrificadas de sus revestimientos.
Por
otra parte ese era el único rasgo que las diferenciaba, lo que revelaba el alto
grado de detallismo necesario para orientarse dentro de la ciudad. Era una
mirada especializada en vapores pétreos la de quienes habitan este lugar.
Para
nosotros, vulgares caminadores, la ciudad no es distinguible más que en su
dimensión más aparente, pero para los ciudadanos ésta no es únicamente un
agrupamiento cuya definición acaba en el tamaño.
Cada
natural, acostumbrada su vista desde pequeño, es capaz de incorporar los
infinitos matices exhibidos en el conjunto.
Sin
haber dado aún otro paso alabé nuevamente la sabiduría de sus gobernantes pues,
razoné, protegían doblemente a la ciudad y a sus protegidos.
El
exigente paso por el cual uno llegaba era asimismo fácilmente cerrado por una
piedra redonda como un diente de molino que reposaba a su lado sobre unos
rieles engrasados. Y el emparedamiento masivo de las casas bajo mármoles solo
distinguibles para los naturales confundiría a cualquier ejército, que sin duda
creería hallarse ante la bruma más impenetrable.
Aún
así, había algo que me molestaba.
Llevaba
parado en el mismo sitio por donde había salido de la entrada sin que nadie
interrumpiera estos pensamientos.
Nadie
cruzaba las amplias avenidas y ya desde la entrada podía ver el amplio mercado
repleto de mesas exhibiendo frutas exóticas, antigüedades, carnes de todo tipo
esperando ser cortadas, telas exquisitas, hierbas curativas, trabajos de
herrería, artesanías realizadas con las perfumadas maderas de los alrededores.
Me
enfureció que a pesar de la perfección aparente nadie había salido a recibirme.
Y seguía sin poder darle mis datos a quien correspondiera.
No
debía apresurarme, sin embargo, pues seguramente mi naturaleza de pueblerino
rústico cegaba mi juicio.
Una
civilización tan elaborada ya estaría sobre aviso de mi llegada, y la
prolongada soledad que me envolvía era aparente. Continuaría así hasta que los
infinitos y sutiles mecanismos que en este momento estarían operando culminasen
su trabajo.
Por
el momento apenas era un elemento desconocido.
Un
individuo no reconocido al que la ciudad no quiere ofender, pero respecto del
cual debe obrar con precaución hasta no terminar el minucioso examen que
graciosamente realizaba sin alertarme.
Al
menos podía pasear tranquilo por las cuidadas calles mientras se solucionaban
mis problemas burocráticos.
Una
vez hube llegado al centro desde donde podía ver los edificios de gobierno, el
mercado central y el templo, me senté bajo el alero de un bar.
Mi
aspecto no arrojaba dudas respecto de mis orígenes y las peripecias por las que
había pasado tampoco mejoraban mi estampa.
La
mezcla de tierra, ramas, sangre reseca, plumas e insectos muertos se había
amalgamado en una costra de imprecisa forma bajo la cual quizás se adivinara un
hombre.
No
es de extrañar entonces que nadie acudiera a mi servicio.
Fue
imprudente, pensé, dar por seguro que alguien en mi estado no causara más que
asco y deseos de mantenerme a distancia.
Me
levanté de la silla, en busca de una solución.
Desde
el centro de la plaza, una fuente recubierta con cisnes y querubines de yeso
invitaba a recuperarse en sus aguas, frescas y claras.
Pero
no caí en la trampa. Estaban sometiendo mi espíritu a una prueba y de alguna
forma sabía que si la salvaba, las autoridades me elevarían en su consideración
y se harían finalmente presentes.
Así
que, soportando la tortura de la temperatura creciente y la picazón que la
biomasa envolvente me causaba continué mi paseo por entre las mesas que
rodeaban la fuente.
Mi
estómago cargaba un clavo agudo apenas disimulado por la sensación de haberme
convertido en un reloj de arena debido a la sequedad de mi garganta pero esto,
pensé, también es una prueba que debo superar.
Cuando
todo esto termine podré gozar de los estofados especiados cuyos olores
enloquecen mis sentidos, saciar mi sed hundiendo el rostro en las pulpas de las
frutas que abiertas al medio ofrecen sus vulvas impúdicamente desde las mesas.
Hasta
entonces, este es un duelo por el que ganaré mi derecho a gozar de tan
privilegiada abundancia.
La
magnanimidad de aquella gente me emocionaba hasta las lágrimas, si tuviese
líquido suficiente en mi cuerpo para verterlas, pues no solo dejaban que un ser
en mi estado permaneciera libre en sus calles sino que demostraban su confianza
en mi fuerza espiritual abandonando de esa forma sus bienes, sus víveres, sus
inventarios.
Aquella
mutua vigilia se fue tornando agria, sin embargo.
Por
momentos mi vista se nublaba debido a la debilidad.
Quizás,
pensé, estoy malinterpretando el mensaje de las autoridades y me estoy
comportando como un imbécil.
Quizás
permanecer sucio y al borde de la inanición no envía las señales correctas. El
espíritu que animó a esta gente, pensé, fue la supervivencia y no el ascetismo.
Por
ello, razoné, protegen sus bienes con gruesas murallas. Como ciudadanos que
buscan el deleite ciertamente me estoy comportando como un lunático a sus ojos.
No
sería más irracional una persona envuelta en llamas que se negara a tirarse al
agua por no enturbiarla, concluí, al tiempo que corría hasta la plaza y me
tiraba en la fuente llenándola de la mugre que se despegaba de mi cuerpo.
Las
aguas eran marrones cuando finalmente la dejé para precipitarme sobre los
puestos de comida. Mi estómago protestó con dolor, desacostumbrado por la
hambruna constante a que había sido sometido.
Comía
de las ollas usando los cucharones con que se llenan platos enteros de una sola
movida. Solo me detuve ante el temor de acabar mi hambre sin dejar espacio en
mi cuerpo para la papaya, el mango, la guayaba, el persimmon kaki, la banana,
la frutilla, los arándanos, el mamado, la fruta del dragón, el melón enano, la
sandía uva, la mandarina, la uva aceitunada.
La
jaula de mis costillas crujió dolorosamente por el tamaño súbitamente adicional
de mi estómago.
Era
un aviso de que debía detenerme.
Traté
de hacer la digestión caminando pero tenía tanta comida entre pecho y espalda
que cualquier movimiento, por mínimo que fuera, subía un extremo de la masa
dentro del estómago hasta mi garganta y me entraban ganas de vomitar.
Además
el corazón bombeaba desesperado llevando sangre hacia el estómago ante la
entidad del trabajo que le aguardaba. Cualquier otra distracción, como caminar
o respirar, le planteaba una disyuntiva que podía ocasionar su colapso.
Me
senté en una de las sillas del bar donde una vez inútilmente había aguardado.
Allí,
no me avergüenzo al decirlo, bajé mis pantalones y defequé abundantemente sin
moverme del asiento debido a la desesperación de mi biología por expulsar todo
el lastre que pudiera para evitar la caída.
Si
sobrevivía, debería visitar nuevamente la mancillada fuente.
A
pesar de la inmundicia que me rodeaba ahora respiraba más aliviado. El pecho se
movía con menos dificultad y la inmensa bola alimenticia había llegado
finalmente al estómago, cuya piel estiraba al borde de su resistencia.
Expelí
ventosidades de forma ruidosa por unos minutos y logré aflojar el peligroso
tambor de mi abdomen.
Al
cabo de media hora logré volver a ponerme de pie. Caminé semidesnudo entre las
mesas de la feria hasta la fuente para lavarme las partes, luego tomé ropa de
una de las mesas y comencé a llenar el morral.
Algo
me decía que no había pasado la prueba.
Frente
a la plaza principal había un hostal cuyas puertas abiertas daban paso a un
salón cubierto de pieles en los pisos y tapices en las paredes.
Me
dejé caer sobre uno de los mullidos sillones de la recepción y lentamente me
dormí.
Por
primera vez en mucho tiempo me sentía seguro, no tenía hambre y el olor de la
ropa nueva me traía recuerdos de la infancia.
Recuerdos
de casa.
XV
Anochecía
cuando desperté.
Por lo que
recordaba tampoco faltaban muchas horas para que el sol se ocultara cuando la
paliza gastronómica me tumbó.
¿Habría
pasado de una noche a otra debido a mi cansancio acumulado?
Pero no era
lo único llamativo.
No podía
mover mi cuerpo.
Y a pesar de
la luz menguante comprendí que algo o alguien me había depositado fuera de las
murallas de la ciudad, más precisamente en el lado opuesto a la pequeña entrada.
Aquí las
piedras no lucían tan blancas sino que ofrecían un aspecto abandonado.
Los sabios
de la ciudad habían decidido dejar que el tiempo hiciera su obra. Los inmensos
bloques tenían tamaños diversos y estaban cubiertas de todo tipo de
suciedades: excrementos de pájaros, líquenes invasores, hasta pequeños arbustos
dejaban crecer libremente sus ramas con lo que la muralla ofrecía al extranjero
el aspecto menos amistoso que imaginarse pueda.
En su
infinita sabiduría, aquellos gobernantes adelantaban la rigurosidad de las
pruebas a que sería sometido el aspirante a ciudadano. Severidad aumentada por
tratarse de alguien ajeno a la comarca, prueba que - comprendí - había fallado
pues era ese sin duda el motivo por el cual había sido quitado del medio.
No me sentí
mal por ello. En realidad me reconfortó saber que algo en este mundo
desquiciado seguía funcionando bien, atendiendo a una lógica interna que no
estaba a mi alcance comprender sino apenas agradecer su juicio, por más lesivo
para mis intereses que éste fuera.
Tenía, claro
está, el eterno problema de la noche que se me venía encima cuando más
indefenso estaba pues mientras pensaba todo esto seguí sin poder mover mis
extremidades un solo milímetro sobre el suelo de tierra al pie de la muralla
sobre el que me habían depositado aquellos seres bondadosos pero justos.
Ahora sí
debía enfrentar las consecuencias de mis actos y la severidad del castigo no
amilanó mi admiración por la ciudad.
Nadie acudió
a mi encuentro cuando cansado y sucio llegué a ella buscando refugio, durante
mi estancia dentro de su perímetro no vi ser humano alguno pero así era la
ciudad, se guardaba en infinitos y desconocidos rincones hasta asegurarse de
que el recién llegado valía la pena.
Y sin
embargo todavía debía pasar la helada noche, inmóvil como un cadáver con
sentimientos.
Sé que es un
pensamiento audaz de mi parte pero, me dije, quizás podrían haber esperado al
día para expulsarme al páramo desprotegido si sabían que no podría ensayar la
mínima defensa ante cualquier depredador.
De hecho, a
unos centímetros del rostro se hallaba la entrada a un hormiguero en forma de
cono.
A lo largo
de sus empinadas paredes veía las huellas que en algún momento habían dejado
las multitudes que vivían dentro, aunque por alguna razón ninguna hormiga
asomara sus antenas excitada por la presencia de aquel gran cuerpo que yacía a
poca distancia.
La noche
llegó pronto, tan silenciosa como siempre.
Esta vez la
luna convertía en pregunta toda sombra que con gran angustia creía ver cambiar
su forma.
Me pregunté
hasta cuándo duraría este entumecimiento y qué haría una vez terminada esta
vergonzosa circunstancia.
Por lo poco
que sabía de la nueva región a la que mi desmadre me había arrojado, no era
esta una tierra tan cultivada ni explorada como aquella a la que mi pueblo
natal, entre otros, pertenecía.
En ocasión
de acompañar al primo loco del gobernador a su fallida conquista, llegamos
hasta muy poco más en estas tierras antes de iniciar el retorno.
Lo poco que
recordaba de entonces era lo mucho que nos había impresionado a todos lo yermo
del terreno, la escasez de sembradíos, la pobreza aún mayor a la de nuestros
pueblos que vimos en la gente y sus casas.
Cuando
finalmente enloquecimos y comenzamos a arrasar todo lo que estuviese en nuestro
camino de regreso a casa, mezclados con sus ruegos de vida nos enteramos de la
razón.
Su señor,
nos decían, le habia quitado hacienda e hijos para financiar sus desastrosas
aventuras bélicas contra otros pueblos.
Aquellos
pocos animales que ahora eran nuestros era lo único que les había quedado luego
de la confiscación forzosa y la ausencia de brazos fuertes que se opusieran a
nuestra labor saqueadora se debía a que sus jóvenes habían sido llevados
por la leva forzosa que como una rastrillo había herido la tierra.
La
desolación a que me enfrentaría sería doblemente terrible pues yo era uno de
sus causantes y ahora iba a recibir el merecido castigo por mi salvajismo de
años atrás.
XVI
De tanto en
tanto, se acercan a mi cuerpo indefenso sombras que me olfatean y luego se
alejan.
El cielo
nocturno no devuelve siquiera la luz de las estrellas. No vería menos si me
hubiera quedado ciego.
Me duelen
las costillas, la osamenta entera por yacer durante horas o días, eso no lo sé,
sobre un terreno irregular.
Apenas puedo
mover los ojos, quienes me arrojaron de la ciudad le hicieron algo al cuerpo,
lo rompieron o le quitaron partes quien sabe con qué finalidad.
Las formas
que intuyo tienen pelo y ojos hambrientos, hocicos húmedos y orejas
puntiagudas.
Me han
encontrado finalmente, ahora que no puedo hacer otra cosa que implorar una
muerte rápida.
Pero solo se
acercan a mí, lamen mi cara y enseguida los escucho alejándose. El ruido de los
guijarros que su paso remueve me ayuda a ubicarlos.
Están por
todas partes, me rodean en un número que no alcanzo a distinguir pero adivino
numeroso.
Y sin
embargo se detienen allí, en la periferia de mis sentidos. Aguardando o quizás
tan solo observándome.
No me
atacan. Me enloquecen lentamente, me torturan con la promesa de la agonía entre
sus poderosas mandíbulas.
Quiero
dormir, quiero morir, quiero terminar con esto ya.
Pero los
seres tienen todo: la fuerza, el tiempo, la voluntad.
Yo apenas
soy una planta consciente. Algo más que uno de los arbustos cuyas ramas se
hunden en mi cuerpo tendido pero mucho menos que, por ejemplo, un conejo que al
menos podría usar su instinto y sus largas patas traseras para tratar de
salvarse.
Pasamos
horas así en la oscuridad, ellos y yo. Me detienen de todo proceso corporal.
No me animo
a dormir, a orinarme encima aunque mi vejiga duela como si un dedo tratara de
perforarla desde dentro. Ni siquiera me atrevo a toser para aliviar la presión
que amenaza con estallar mi tórax dolorido por la inmovilidad.
Esta no es
únicamente tierra bárbara, extranjera y agreste. También es el limbo habitado
únicamente por el dolor.
Los señores
de la ciudad envenenaron la comida con narcóticos que, consumidos en cantidad
suficiente, destruyen las funciones motoras del desgraciado que no advierte a
qué clase de prueba está siendo sometido.
Admirable
sabiduría.
Han
dispuesto sus pruebas de tal forma que quien se condena es la propia persona.
Ellos no intervienen
ni en un sentido ni en otro. Apenas desalojan de la ciudad al recipiente ahora
inservible que aloja a tan indigna voluntad.
Ahora
comprendo qué imprudente fui. En mi arrogancia sentí que podía aspirar a
integrarme a tal noble ciudad, mi brutal naturaleza me engañó.
¿Cómo podría
el sirviente de unos viles señores convivir con tal fineza de carácter?
¿Imaginarse siquiera viviendo juntos a quienes demostraron tal sutileza hasta
en la hora del merecido castigo? ¿Aquellos por cuyo altísimo conocimiento de
las más indetectables artes del envenenamiento adquirieron la voluntad y
potestad de pausar mi cuerpo?
Bien ubicado
me tengo yo ahora, ciego e inmovilizado junto a bestias hambrientas. No tarden
hermanas. ¡Hundid vuestros colmillos en mi cuello! ¡Pronto! ¡Pues yace aquí
quien ha demostrado ser una alimaña de la peor especie!
Divagué así
por horas, sujeto por las cuerdas de la decepción más abyecta y del terror a la
muerte que se contradecían entre sí, para gran confusión de mi voluntad.
Finalmente, el sol comenzó a clarear los alrededores y el efecto de los humores
inmovilizadores menguaron.
Recuperé
lentamente la sensibilidad de mis extremidades pagando el precio del dolor,
pues los calambres que antecedieron a la devolución de mis piernas y brazos, solo
los puede sentir un condenado a quien los soldados clavaran sus rodillas y
codos a la roca por orden de los señores, ante la negativa de éste a revelar
donde escondió el tributo adeudado.
Luego rodé
sobre mí y, tomando impulso, me puse en pie, reanimado, dispuesto a enfrentarme
a las bestias.
Alrededor
mío había arena floja, en la que es imposible caminar sin dejar huellas.
Todas las
formas, olores, sensaciones y sonidos de la noche no habían dejado marca
algunaen el terreno a mi alrededor.
Estaba solo.
No tenía
sendero que me guiara ni arboleda que me protegiera de las bestias o del sol.
El terreno,
hasta donde podía ver, era llano, la vegetación que apenas se veía consistía
apenas en arbustos enanos sin flores ni frutos, de ramas despojadas como huesos
de pequeños esqueletos.
Los señores
de la ciudad en su infinita bondad habían dejado conmigo los víveres, mi odre
rebosante de agua y la espada del sitio absorbido por la nada.
Con esos
elementos debía sobrevivir en un terreno tan agreste por lo menos hasta que, de
alguna forma que todavía ignoraba, encontrara un lugar suficientemente seguro.
Los días y
las noches se alternaron entre sí.
Había
conseguido reunir un pequeño hato de ramas y apenas se iba el sol tras muchos
intentos conseguía encender pequeños fuegos que duraban hasta que me dormía.
Las bestias
habían vuelto a acosarme pero al cabo de un tiempo conseguí acostumbrarme a su
merodeo. Se mantenían fuera del área iluminada por mi escaso fuego por lo que
solo pude intuir sus presencias.
Por alguna
razón llegué a la conclusión de que las bestias eran tan parte de la noche como
las estrellas o la propia oscuridad. Aprendí a convivir con la idea de
recibirlas cada noche como una visita que al cabo agradecí. Hasta ahora eran mi
única compañía pues en aquellos páramos desiertos, jamás vi animal ni ser
humano alguno durante el día.
Un día noté
que ya había consumido más de la mitad de mis víveres.
He llegado
al final de mi camino, pensé. Nada puedo esperar ya de esta tierra tan
empobrecida por lo que cuando acabe con la última ración deberé decidir de qué
modo espero mi muerte, razoné.
Enterraré mi
espada por el mango, calculé, para luego dejarme caer sobre su filo.
Así cerraré
yo esta agonía, presentí.
La bruma
borraba el terreno y la escasa vegetación el día en que mi manó rascó el fondo
de la bolsa sin encontrar nada en ella.
Era el fin.
Tiré la
bolsa y el odre que llevaba vacío desde hace un par de días.
Continué
caminando todavía por unas horas, quería cansarme para llegar al estado de
ánimo adecuado a lo que me había propuesto hacer.
No pude
evitar llorar mientras emprendía esta última parte de mi vida.
Lloraba por
lo que no había podido hacer tanto como por lo que había hecho.
No tenía
señor ni dios a qué encomendarme, nadie me recordaría ni lloraría.
Mi cuerpo
yacería descompuesto hasta ser tierra de esta tierra, tan miserable como había
sido mi vida.
La bruma se
cerró de tal forma que parecía estar dentro de una nube apenas iluminada por un
sol lejano e indiferente.
Me arrodillé
y comencé a cavar un orificio en la tierra hasta una profundidad que juzgué
suficiente. Separé la espada de la cintura y la enterré hasta la empuñadura,
con su punta hacia el cielo.
Resoplé
fastidiado por última vez y me dejé caer.
La punta de
la espada me penetró por el abdomen y luego, a medida que iba cayendo, desvió
su recorrido hacia mi tórax donde partió mi corazón a la mitad. Se detuvo
cuando se encontró con la parte posterior de la jaula que formaban mis
costillas, luego de tajear mis pulmones a la mitad.
La bruma,
espesa, cegadora, no permitía ver mi cuerpo empalado, sobresaliendo como un
árbol gigante en la llanura.
Esa noche
las bestias no se acercaron.
Ni la
siguiente.
O ninguna de
las otras.
Un día la
bruma se fue, continuó vagando. El sol arrancaba reflejos de las partes
metálicas en la ropa del hombre.
Al cabo de
un tiempo, la espada reapareció a la luz pues la carne que la rodeaba había
desaparecido.
Y, por fin,
un día los huesos acabaron derrumbándose.
La espada,
entretanto, continuaba apuntando al cielo, como un signo de exclamación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deje un comentario aquí.