viernes, 5 de octubre de 2018

Así vivimos

Se presenta por primera vez el bufón ante su Rey.
No ha pedido cargar con la responsabilidad de divertir al Monarca.
Simplemente le ha empujado a ello su mala suerte, su ruina económica.
Como además de bufón es un hombre digno, tratará de cumplir con su deber a sabiendas de que el Rey es un hombre lúgubre, poco dado a dejarse llevar.
Tratará de hacerle reir aunque él tampoco sienta alegría alguna por la tarea sino pesadumbre y temor por el porvenir.
Le dejaron solo para que vistiera las coloridas ropas cargadas de cascabeles, un poco grandes para su cuerpo, heredadas de su sucesor en el cargo.
Se viste bajo la muda mirada de quien lo precedió, desde la cabeza clavada en una pica a la entrada del cuarto como advertencia sobre lo que les sucede a quienes le fallan al Rey.
Cuando termina, golpean a la puerta.
Es la hora de enfrentar su destino, ese surco sobre el mar.
Es conducido a la gran sala del trono entre dos altos guardias. El brillo en el filo de sus espadas le hace pronto olvidar las gracias y pullas con que tenía pensado entretener al Tirano.
Helo aquí, derramando vino rojo como la sangre sobre su atavío, mancillando su larga barba.
Tras un largo y sonoro eructo, concentra sus porcinos ojos en la minúscula y colorida figura. Ambos se observan en silencio, en el gran salón solo se escucha la respiración del Paladín Mayor, agitado aún porque trasegó demasiado rápido una cantidad excesiva del fruto de la vid.
El bufón entonces se acaricia el mentón con la mirada fija en las oscuras losas del suelo, buscando aunque sea el vapor de un recuerdo que le de tiempo a inventar una anécdota.
Está perdido y lo sabe. 
No se le va a ocurrir nada, el Rey enfurecerá y mandará que lo decapiten.
Quizás ya mismo uno de los guardias, a una señal del Rey que el bufón ocupado con sus pensamientos no vio, está balanceando la espada y de un momento a otro su cabeza rodará sobre el lustroso piso de mármol negro como la noche.
- Eh...
Balbucea.
- Yoo, eh, Majestad, yoo...
Prolonga la agonía ante la quieta y por ahora calma mirada del Hombre sentado frente a él.
- Antes que nada quisiera aclarar que yo me postulé para ser cocinero, no bufón. Evidentemente hubo un error por parte del amanuense real.
Insiste en huir, antes que tratar de cumplir y fallar para así al menos morir dignamente.
- De hecho, Majestad, como usted podrá comprobar, ni mi voz ni mi aspecto pueden moverlo a risa. Mucho menos a usted, oh gran explorador de los espacios vacíos que quedan más allá de los confines de vuestro ilimitado reino, mi Rey, nuestro Rey, nuestra guía espiritual, que los dioses alarguen vuestra existencia hasta ver morir el sol, oh poderoso entre poderosos, talismán de la fe, herraje de la economía, adalid del libre mercado, no somos dignos de que vuestra mirada se pose sobre nosotros pero una palabra vuestra bastará para hacernos sentir livianos como el aire, intente comprender, su Majestad, vuestra magnificencia me ha impresionado de tal forma que se han borrado de mi tonta cabeza todos los maravillosos cuentos, las desopilantes chanzas, todo el material que iba a transformar esta tarde en una dicha eterna y duradera en el recuerdo, comprended, poderoso, qué tan fuerte es tu presencia que ni aún historias tan magníficas han podido sobrevivir a tu visión. Vea, Señor de señores, el caso es que no soy bufón, se lo juro. No se trata de nada personal ni tampoco es que tenga una afición particular por tener la cabeza separada del cuerpo. En realidad, y si usted no dispone otra cosa, desearía salir del castillo con ella en la misma relación con el resto del cuerpo que tenía cuando entré. Verá usted...
- Rrrrrrrrr......
Roncó el Rey.
- Rrrrrrrrr.....
De nuevo ese sonido.
- Rrrrrrggarrghhh....
Una sutil variación, un desacomodo de las vías respiratorias propiciado por el veneno en el vino. Los ruidos provenientes del monarca cesaron con un golpe agudo contra las duras piedras del salón.
El bufón, liberando su cabeza del gorro puntiagudo, se alejó lentamente del trono en dirección a la puerta, dejando atrás al rey traicionado, a los traidores ocupados, apuñalando y pateando el regio cuerpo.
Estaba atardeciendo en la villa cuando alcanzó la plaza principal.
Pudo cambiar el atavío obligado por unas papas en mal estado y un saco de arpillera con que cubrirse durante la noche.
No había sido un día perdido, después de todo.

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