2/10/2018
Vaya que si estamos ya en octubre.
Ha sido el lapso de tiempo más largo sin escribir este año.
Ni siquiera estoy seguro de estar haciendo algo que valga la pena, quizás solo busque atenuar este sentimiento de culpa por no sentarme a escribir, escribiendo nada.
Bueno, es un poco la idea: esto no es una novela pero ese no ser está lleno de vacío.
Como sea. Hoy estaba juntando los excrementos de mi perra.
Como vivo en un apartamento y no soy de sacarla a pasear muy a menudo le dejo la puerta del balcón abierta para que lo use como su baño.
Sí, ya sé, no es muy higiénico pero es que el pobre animal no tiene la culpa de tener un amo tan boludo.
El caso es que pasan días sin que yo vaya para esa parte del apartamento, por lo que las bosteadas de mi perra se acumulan.
Cuando por fin se me ocurre curiosear y, luego de asombrarme ante la cantidad y variedad de los sorestes, junto la mierda con una pala de metal que tengo únicamente para ese fin y la meto en una bolsa doble que luego saco rápido del apartamento, conteniendo la respiración mientras lo hago o de otra forma las naúseas subiendo por la garganta son insoportables.
Hay mierda en distintos estados. Está el clásico sorete seco de perro, tan parecido en su textura y estética a muchas personas. La bosta que conserva humedad y se desarma cuando trato de palearla. La mierda esa posee cierta flexibilidad que le permite escurrir a su destino mientras va dejando un largo trazo marrón sobre el piso a medida que trato de acorralarla.
Me pregunto cuál es la razón del asco que me genera la mierda ajena.
Aunque no sea un tema diario de conversación ni aún con nuestros amigos más íntimos (aunque conozco gente que se esfuerza por hablar de ello, pero creo que lo hacen más por amaneramiento que por sincero interés), el caso de la mierda merece más de una reflexión.
Ya se sabe que el cuerpo de cada persona abunda en olores de todo tipo y que éstos solo ofenden a los demás, jamás a quien los genera.
Repito y aclaro lo anterior pues me parece muy significativo: los olores propios no nos ofenden e incluso, ante determinadas configuraciones del ánimo, los alimentamos. Retrasamos el momento de bañarse porque "hace mucho frío" y entonces el polvo se une a la grasa corporal dentro de los pliegues de la piel, formando una arcilla oscura y olorosa en cientos de lugares.
De ella sube un aroma almizclero, cebollero, a queso duro y una parte de nuestro cerebro lo recibe con alivio.
Sé de personas que incluso catan sus propios pedos como si fueran poesía, se levantan del water apenas han realizado sus deposiciones y allí se quedan, con el ano todavía doliente, orgullosos ante la superficie del agua apenas rota por la punta de un soruyo que se eleva como si quisiera trepar la lisa pared del sanitario.
Pero entonces, recuerdo las naúseas que me produce la mierda que hace mi perra y ello a su vez me lleva al recuerdo de las cagadas humanas de los vagabundos.
La hediondez de esos charcos semiderretidos es embriagante. El mundo entero se deshilacha alrededor de ese punto del que huyo aguantando la respiración hasta mucho más allá de su zona de influencia.
Supongo que el asco es una respuesta evolutiva. Una forma de avisar que de eso no se come.
En los animales la mierda no tiene el efecto ofensivo. La mierda es identitaria y muy útil, por cierto. Marcó los límites de mis antepasados de forma quizás más definitiva que la pared que tengo ahora ante mis ojos.
Eso no se come, los que comieron eso y sus familias ya no están. No sobrevivieron.
Salvo los coprófilos que cometen coprofagia.He visto videos de gente comiendo mierda.
No los entiendo.
Digo, sí, entiendo qué están haciendo pero no entiendo por qué o para qué hacen esas cosas.
Son videos caseros además, ya que filias tan marginales nunca consiguen el número suficiente de adeptos para generar una ganancia que les permita mejor producción.
Por suerte.
No se me ocurre, por ejemplo, que se pueda hablar de arte o literatura o música con esa gente.
Es un prejuicio, lo sé.
Probablemente he hablado, sin saberlo, con uno o quizás varios coprófagos a quienes he encontrado agradables y poseedores de una charla amena e instruida.
Tal vez uno de mis amigos más viejos, influido por su esposa, desarrolló durante todos estos años un círculo de coprófagos que se reúnen los viernes a sorberse la diarrea formando círculos en la misma mesa donde el mes pasado me invitó con una fondue de queso.
Es posible.
De hecho, recuerdo la anécdota sin nombres de una famosísima conductora de televisión argentina, cuando en el inicio de su carrera un cómico que ya era famoso le prometió abrirle las puertas de la televisión.
La entonces muchacha se puso sus mejores ropas, se perfumó resignada a entregarse al antipático individuo, que además era muy pero muy gordo, y tomó un taxi rumbo a la casa de su peculiar benefactor.
Contaba que la casa era extensa, poblada de cuartos como piezas de museo.
Apenas pasada la puerta de entrada, un curioso recibidor hexagonal era coronado por una claraboya a través de cuyos vidrios podían verse las estrellas de esa noche despejada.
La chica observó con asombro a su anfitrión, recibiéndola en una inmensa bata de seda.
La llevó hasta el medio del hexágono y le solicitó caballerosamente que se tendiera cuan larga era, en el suelo cubierto de formas geométricas.
A continuación, ella cerró sus ojos por lo que se perdió lo que sucedió a continuación.
El dueño de casa pasó una de sus elefantiásicas piernas sobre el cuerpo de la chica tirada.
Luego, se abrió la bata, revelando la desnudez de su hinchado cuerpo.
Quizás alzó la mirada al cielo eterno, donde la oscuridad del barrio a esa hora permitía apreciar claramente el cúmulo de galaxias agrupadas en el collar de la vía láctea.
Entonces cerró los ojos y comenzó a cagar.
Sobre la muchacha. Sobre sus pechos. Sobre el ombligo, inundándolo de inmundos jugos.
No le conmovieron los gritos que su protegida profería desde abajo, exigiéndole que se detuviera.
El gordo volvió a juntar sus piernas y en silencio cerró la bata. Luego, todavía en silencio, fue hasta una de las múltiples puertas que desembocaban en el recibidor y desapareció.
Y así fue como la futura diva entró al mundo del espectáculo.
Por eso decía, la mierda está hace mucho tiempo con nosotros.
Y siempre tiene algo para enseñarnos.
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