Las letras son la materia prima de los sueños compartidos en los libros.
Recorrer con los ojos la frase "los bordes dentados, ocultos tras la tapa oxidada, le tatuaron la jeta" no tiene el mismo efecto que realizar idéntica operación sobre "los bordes desprolijos de esa lata sucia resultaron la promesa de un desastre, cumplido cuando el hombre cayó sobre ellos".
La primera formulación posee mayor potencial iconogénico que la segunda, más próxima a la forma literaria.
La semana pasada alguien llevó un libro ilustrado, como hay cientos, al taller de literatura infantil de los miércoles.
Como es usual en los libros para niños, la página estaba compuesta por dibujo y texto. Un párrafo con su ilustración correspondiente en la parte superior de la página. Sin embargo, las ilustraciones no tenían relación con lo que estaba escrito debajo.
No era un error de impresión pues sucedía lo mismo en todas las páginas. La disociación buscada por el escritor y su ilustrador proponía un juego, un esfuerzo adicional, una ruptura en la relación esperada.
Las letras hablaban de un gato pero en las imágenes se veía un elefante haciendo cosas de gatos, como enroscarse sobre el sillón de la casa o jugar con un ovillo de lana. En algún momento cerca del final, ambos niveles se cruzaban.
Pero tuve una visión, un breve deseo que no sé si es posible o tan solo una locura.
Me pregunto cuál debería ser la disposición de las palabras en el papel para que, aunque hagan referencia a una cosa (digamos "el hombre con sombrero blanco cruzó la calle"), despierten en quien la lea la imagen de algo totalmente inconexo.
Un globo rojo, por ejemplo.
Hagamos la prueba.
"El hombre alto y flaco, aterido por el frío, cruzó la calle como si supiera adónde ir, sujetando el estúpido sombrero blanco como si fuera la única posesión sobreviviente en ese momento."
No apareció el globo rojo por ningún lado. ¿No?
Agrego un grado más de dificultad. La imagen generada por las palabras no deberá tener ninguna conexión con ellas, pero pertenecerá a un conjunto de imágenes que sí tienen relación entre ellas (un conjunto de complejidad creciente a medida que se progrese en la lectura) y los elementos de ese conjunto serán coherentes entre sí; formarán otra historia, divergente respecto a lo escrito.
"Del otro lado del río metálico y veloz, la soledad parecía darle la razón. Las veredas vaciadas por la tormenta, las hojas demoradas por un remolino. El pecho se le había vuelto masilla húmeda, aplastada por un pulgar gigantesco y torpe."
"El globo rojo escapó de las manos. Dejando atrás el llanto y la queja se elevó. Esquivó uno, dos, tres cables y un saliente puntiagudo antes que una corriente de aire lo llevara hasta el centro de la plaza".
No, no hay relación entre ambos fragmentos. Apenas algunas coincidencias: el viento, la velocidad, la frustración, la soledad.
Pero la historia del hombre no me sugiere ningún globo rojo escapado.
Se añade además la historia del propio lector, la cual empieza a jugar en el mismo momento que lee estas líneas (si es que hay alguien allí, ahora mismo).
Ello obliga a que, además de estar ausente la relación entre lo escrito y lo provocado, el autor deba esforzarse al punto de provocarse una hernia cerebral para que la imagen (el globo rojo volando), sea la misma para cada potencial lector, actual o futuro.
"Los bronces dorados en la alta puerta del edificio brillaban esa última mañana helada con sorna. Deformaban el reflejo del hombre como si pudieran verle el ánimo, lo provocaban con sus ecos de ataúd."
"El modelo original del general sobre el caballo, cubierto de pátina verdosa en su obviedad estatuaria, jamás pensó verse involucrado con algo parecido a una sandía vacía, volando hacia su encuentro."
Imaginar un globo rojo no referenciado en el texto pero además que todos los lectores, sin importar su desarrollo personal o cultural, piensen siempre en el mismo globo rojo. No en una ballena azul ni en un cardo amarillo o un zeppelin negro y mucho menos en un hombre de sombrero, no.
Y, ya que en estos momentos la Tierra soporta el peso de más de siete mil millones de humanos, entonces esa hipotética e imposible narración deberá tener, como mínimo, la precaución de atenerse a los siete mil millones de posibles globos rojos imaginables; con el poder de fundir a todos entre sus márgenes, hasta formar una sola corriente invisible, resistente a las traducciones y las variaciones de la lengua.
En realidad luchará contra muchos miles de millones de amenazas más.
Aún si la población dejara de crecer, los humanos actuales no lo harán. Y serán otros, ellos mismos, cuando lean estas líneas siendo jóvenes, adultos o ya ancianos, ilusionados con volver a sentir el sabor empalagoso de los caramelos de frutilla, asociado para siempre, junto al olor de las milanesas tibias, a ese texto leido mientras esperaban que sus madres los llamaran para almorzar.
Puesto así, parece sencillo, pero si solo la mitad de esos siete mil millones de humanos, además de cambiar con la edad, son imaginativos, la trama y el texto deberá tomar esos factores multiplicadores de las posibles interpretaciones antes siquiera que ese escritor, imposible, irreal, monstruoso, escriba su primera palabra.
"Liviano y rojo, Voló lejos, liberado."
domingo, 11 de noviembre de 2018
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