lunes, 28 de septiembre de 2020

Sobre fantasmas

¿Viste alguna vez un fantasma?
Yo sí. Hace dos semanas.
Soñaba que editábamos un corto con mis amigos. Era una filmación en blanco y negro de un desfile militar en los años 70. Pero teníamos un problema. Apenas comenzaba a correr la cinta una figura, ajena a la filmación original, extendía su sombra más allá de los cuadros. Vencía los márgenes del film, cubría los agujeros rotulados que sirven para enganchar las películas en los proyectores.
El resto del equipo decidió dejar el proyecto pero yo seguí con la tarea. Los otros me advirtieron sobre mi imprudencia, la figura correspondía a una entidad nórdica llamada Lisyed o Liyed. No les hice caso y seguí por mi cuenta. La entidad invasora, me enteré en el sueño, era el fantasma de un hacker sueco, o el propio hacker que, convertido en espíritu, asediaba los proyectos audiovisuales como el mío.
Estoy trabajando en la moviola. Durante los primeros minutos todo está bien. En el monitor veo al presidente-dictador del momento, las tropas desfilando bajo un cielo gris. Lo normal. Pero comienzo a sentir una presión sobre mi hombro izquierdo. Siento una mano que, por debajo de la piel, trata de llevarme el hombro hacia atrás,.
Intento seguir trabajando pero la presión se intensifica a tal punto que hago un movimiento brusco intentando zafar y entonces me despierto. Mi mano derecha empuja el hombro izquierdo, como si quisiera cambiar ella sola la posición del cuerpo o como si una mitad de mi cerebro tratara de impedir que la otra tome el control. El eco del miedo, sin embargo, continúa unos segundos más. Es entonces cuando una figura oscura entra al dormitorio y se acerca a la puerta cerrada que da al balcón. Cuando gimotea me doy cuenta de que es mi perra, y saber que el animal está conmigo me alivia.
Si alguna entidad o espíritu ha entrado, pienso, ella ladraría. Me dispongo a levantarme para abrirle la puerta cuando un fogonazo de luz gris y celeste ilumina por un momento el comedor, visible desde la cama. Estoy solo en la casa pero, ya que todo tiene una explicación lógica, busco en mi mente la causa del fenómeno cuando veo, enmarcada por la puerta de entrada al dormitorio, a una figura pálida y difusa que me observa en silencio.
El miedo me congela. Solo me da para soltar un ¿qué pasa? agarrotado y penoso.
-Nada.- responde el ser. -Voy al baño.- aclara mi hija, quien se supone se iba a quedar en la casa de una amiga pero luego, me dirá, decidió volver sin avisarme. Por el momento las dudas intelectuales sobre la naturaleza del fenómeno se han disipado, pero no mi estado de absoluto y pocas veces experimentado espanto, casi biológico de tan básico e inapelable.
Días después, caigo en la cuenta de algo. Por un breve instante, antes de escuchar la voz de mi hija, un recuerdo reprimido emergió desde algún punto del inconsciente. Puedo aceptarlo, la sospecha no destruye los parámetros aceptados por mi racionalidad.
Y sin embargo, durante esos segundos librados de entendimiento, inflados por la reacción animalesca, rocé apenas la superficie de algo que, presumo, es hondo y oscuro. Representa, iba a escribir. Mejor dicho, ES una amenaza. Se halla bajo esa capa milimétrica que nos hace humanos. Flotamos despreocupados sobre ella mientras estamos sanos, cuerdos o enteros.
Un año antes de morir, mi madre me contó una vez más que los vecinos la acosaban. Las visitas a su pequeño apartamento de la calle Mercedes eran espaciadas entre sí ya que me costaba unos cuantos días recuperarme. La veía solitaria, viajando decidida hacia el desastre sin que yo pudiera hacer nada por torcer el rumbo. En cada visita le volvía a escuchar la misma serie de delirios. Comenzaba acusando a sus vecinos de traficar armas y drogas con árabes. La saga continuaba con la llegada de la policía alertada por ella. Mi madre contaba entonces que el comisario a cargo le agradecía (“ojalá todos fueran como usted”), se emocionaba (“me hace acordar a mi madre”), lloraba (“yo me vine jovencito para hacer la carrera y la dejé”) y terminaba siendo consolado por mi vieja, que se unía a su llanto (“bueno mijo, no llore que yo también tengo mis penas”), mientras los vecinos iban subiendo a las chanchitas cubiertos apenas por ponchos ya que durante las noches corrían desnudos por los corredores del edificio. Más precisamente en el piso donde vivía ella, golpeando su puerta para que saliera, prometiendo que iban a meterme en cana o que iban a lograr que nunca más viera a su nieta.
¿Dónde está la fantasía en todo esto? ¿Qué parte del relato no es real?
Para el resto del mundo, todo, con seguridad. ¿Para mi madre?
Ayer eran como las cuatro de la madrugada, me dijo una tarde, y siento que tocan a mi puerta. Puta madre, otra vez están estos jodiendo. Bueno, la cosa es que me levanté ya preparada para putearlos y a que no sabés quiénes eran. Los del quinto, unos vecinos muy buenos, corridos del edificio por “esa gente”. Doña, me dicen, como sabemos que usted es de Treinta y Tres, y nosotros también, y ha sido siempre tan amable, queríamos despedirnos cantándole una canción.
Esta vez mi madre logró captar mi atención. Cambió por primera vez en mucho tiempo la historia. Ya no pelea sino algo nuevo, amable, acaba de sucederle, sea real o no. La pareja tenía guitarras, me dice, y cantaron una dulce canción de despedida que la hizo llorar, a tal punto que interrumpieron el canto.
Pero, no se ponga así, Coca, Coquita. Si hubiéramos sabido que la íbamos a poner así de triste no hubiéramos venido. No, mijo, lo que pasa es que esa canción la escuchaba cuando era niña, y me recuerda a mis padres, a mi esposo, a mi hija.
Entonces ellos recuperan su control emocional y entonan otra melodía que recompone a mi madre. Terminan la canción con mi madre moqueando pero feliz, la pareja emocionada y todos los vecinos del edificio aplaudiendo desde las escaleras.
Según creo, las fantasías de mi madre, aunque repetitivas y dispuestas para llamar mi atención, no eran menos sinceras que mi terror, provocado por una confusión alimentada por la semioscuridad y la parte más primaria de mi cerebro. En todo caso la diferencia está en la duración, en la independencia. La oscuridad rodeaba a mi madre aún en pleno mediodía.
Dos horas antes de su muerte, hablamos por última vez. Le había dejado de funcionar el sistema digestivo, estaba ciega y chupaba sin parar los bordes de la sábana que la cubría. La sed permanente, supe después, es una característica del Alzheimer terminal. Así, con el mismo caudal de voz de siempre a pesar del derrumbe generalizado, me contó que esa misma tarde la había ido a visitar un niño vestido de blanco.
Un niño precioso, rodeado de flores. Me dijo que después iba a volver pero no sabés qué hermoso era, agregó. Y eso fue lo último que le escuché decir. Un rato después llamaron para avisar que había muerto.
No pretendo extender la saga delirante pero no me atrevo a ser tan altivo como para intentar explicar algo tan complejo como todo lo que debe existir, allí afuera y acá adentro, con un instrumento tan complejo, pero limitado, como mi cerebro.
¿Fue visitada mi madre ese último día? Sé que perdió un hijo. Uno que llegó antes que yo. Esa hendidura jamás se curó. ¿Volvió el molde? Si tomo en cuenta que a esa altura su cerebro era incapaz de elaborar una mentira, entonces solo puedo concluir que lo que dijo fue verdad. Aunque, en principio, lo haya sido solo para ella.
Aceptarlo agrega una dificultad adicional. De tal conclusión se desprende que lo “real” es una cuestión de perspectiva. Una categoría que nuestros cerebros elaboran para no hundirse en el profundo océano de las cosas irreales, tan irreales que cuando aparecen, en sueños o a causa de una enfermedad, destruyen la realidad.
Hay una cosa más. Un año después que muriera mi padre, mucho antes que ocurriera todo lo narrado arriba, falleció mi abuela materna. Ya nos habíamos mudado a Montevideo pero ella se quedó en Treinta y Tres. Mi tío era inspector de policía, detalle que luego tendrá cierta relevancia. Estaba hablando con mi madre una noche de domingo de algún asunto, no puedo recordar cuál, cuando de pronto, sin que tuviera relación alguna con el tema, ella comenzó a llorar al tiempo que decía “¡mi madre, pobrecita mi madre!”
¿Pero qué te pasa?, le pregunté, a lo que ella se recuperó y continuamos nuestra charla. En aquel momento me fijé en el reloj sobre la mesa de luz. Eran las once de la noche, es imposible olvidarlo: el reloj era dorado imitación oro, las manecillas tenían un material fluorescente que brillaba en la oscuridad. A la media hora alguien tocó el timbre del portero eléctrico. Era un policía. A la jefatura de Montevideo había llegado, desde la jefatura de Treinta y Tres, una llamada telefónica a pedido de mi tío, el inspector, avisando que media hora antes mi abuela había muerto de un infarto.

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