En la escuela descubrí un método infalible para hacer las mejores redacciones.
La maestra tenía la costumbre de hacernos pasar para que leyéramos nuestros escritos, de parado, frente al resto de la clase. Ella daba su devolución en el acto, por lo general positiva, pero con doble intención. Si, por ejemplo, el tema eran “Los abuelos”, el autor tenía más posibilidades de ser apreciado por la docente si incluía referencias sentimentales o anécdotas simpáticas. Era su forma, la de la maestra, de estimular sentimientos positivos hacia la familia.
Tal vez sea solo una hipótesis demasiado optimista de mi parte. Creo que las maestras terminan fundiéndose con su “clientela”. El oficio las infantiliza. El sueldo miserable y el papel que tradicionalmente ha tenido el magisterio -hace no tanto tiempo era una opción de vida asimilable a la carrera de “Corte y confección”- termina por confirmarles que se las considera adultos de cabotaje. En realidad cualquier sociedad civilizada respeta a sus maestros y profesores. No olvidan que por ellos pasa toda la población, después de todo.
Con ese conocimiento del público objetivo en mi poder, adopté la estrategia de entregar casi al final, cuando ya había escuchado las redacciones de mis compañeros. Con los tópicos predilectos de la docente en mi memoria, componía mi texto.
Entonces llegaba mi turno. Levantaba la mano y pasaba confiado ante la mirada entusiasmada de la mujer, tal era la fama que el dichoso método me había granjeado. Mi redacción, perfecta como un Greatest Hits, en realidad era una lista de tópicos que “nos sabemos todos”. Era un temprano ídolo pop, demasiado joven para obtener de mis groupies algo más una golosina y, sobre todo, muy buenas notas. Nunca tan buenas para ser abanderado, objetivo que mi madre deseaba, pues era de esos artistas pop que tanto lanza un disco introspectivo y poco comercial, y que en mi caso se debía nada más que al efecto de mi pereza residual. Aquello también rebajaba las expectativas que la maestra depositara en mí, reflejado en campañas de promoción más limitadas –no recibía caramelos- y una baja en las ventas. En lugar de “sobresaliente” apenas obtenía un demoledor “muy bueno sobresaliente”. Mi madre por su lado pasaba a comportarse como el manager de Pink, el personaje de The Wall. Cero drogas y nada nde excesos. Sin chicles ni tele por una semana, sin juegos en la vereda con los amigos.
A fin de año, en un intento final que nunca daba resultados, montaba mi propia gira retorno. Calcaba esquemas de anatomía que encontraba en los libros de mi hermana mayor. Cortes transversales de cráneos, lenguas y maxilares pintados con colores subidos, como si la espectacularidad del set de luces y fuegos artificiales brotando del escenario fueran suficientes para ocultar la falta de ideas.
No lo eran.
Primero de liceo marcó mi punto más bajo. La primera redacción en Lengua Española giró sobre “¿Qué quieren ser de adultos?”.
Pero nadie mostró su texto. Se entregaban todos juntos, al final de la clase. Y la docente los leía luego en su casa. Aquella fue una época de literatura “juvenil”. Una novela en particular me había atrapado. Trataba de un grupo de náufragos púberes, aislados en una isla que tenía de todo: frutas, árbol de pan, agua potable. El paraíso al alcance de todos con solo estirar la mano.
Si mal no recuerdo, “quiero vivir todo el día tirado en una hamaca en una isla sin nada que hacer”, es una transcripción bastante exacta de la línea con la que comenzaba mi redacción. A la clase siguiente logré, una vez más, destacar del grupo. La profesora, una señora ya mayor, dedicó gran de su esfuerzo a ponerme como ejemplo del tipo de individuo que hunde a las naciones. Mi simpleza torpe me había convertido en un símbolo de la degradación.
Más o menos como una estrella pop al final de su carrera.
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