lunes, 28 de septiembre de 2020

Insoluble, una secuela

Esto de "secuela" lo utilizo en el sentido tradicional: consecuencia o efecto. Hecha la aclaración, debo decir que tengo un blog donde cuelgo mis cuentos, o intentos de. Apenas me salen, los dejo ahí. El blog tiene un número fijo de lectores, un trío de amables desconocidos. A veces alguno abandona su anonimato y hace un comentario. Pero publicarlos me sirve para no perderlos, Debido al mal funcionamiento de algún pendrive, por ejemplo. Una vez, sin embargo, esa práctica tuvo una consecuencia inesperada, bellísima.

Escribí "Insoluble" bajo la influencia de algo que pasó rápido como una luz. Me dejó esa historia y, así como había llegado, se fue. Recuerdo terminar de escribirlo y pensar que era una estupidez. Lo desprecié, continuando una larga tradición de malas decisiones. Posiblemente lo hubiera dejado morir si no fuera que alguien, de forma anónima, dejó un comentario en el blog.

"¡Imponente!" escribió.

Caramba, me dije, debo prestarle más atención. Volví a leerlo, por primera vez desde que lo escribí, y con sorpresa descubrí que no necesitaba cambiarle nada. Ni una sola palabra, "Insoluble" permanece idéntico a cómo salió. Apenas modifiqué la ubicación de algunas palabras en ciertos párrafos y agrupé frases demasiado separadas.

Es el cuento que abre "Ritos de paso" y fue, que yo sepa, el único que leyó una chica que conocí por Facebook. Es poetisa, además de profesora de literatura, y cuando le regalé el libro me advirtió que no lo iba a poder leer. La actividad docene más el trabajo administrativo, sumado al seguimiento de sus alumnos y el escaso tiempo que le queda para su vida personal, marcaban tal decisión. Le pedí que aunque sea leyera el primero.

El caso es que lo leyó, le gustó y me propuso darlo en sus grupos de tercer año, como puente entre Horacio Quiroga y Felisberto Hernández. Por supuesto que acepté, y entonces me preguntó si estaba dispuesto a ir a su clase. Todos los autores que damos están muertos, dijo, y quiero que mis gurises tengan la oportunidad de hablar con uno vivo.

Obviamente mi respuesta fue positiva. Ese año ella daba clases a tres grupos de tercer año en el liceo Bruno Mauricio de Zabala, en el Cerro. Un jueves lluvioso fui al liceo, y fui el invitado de honor de sus chicos. Repetimos la misma rutina: presentación, lectura del cuento, análisis primario (qué voz tiene el narrador, etc.) y luego ronda de preguntas.

Hasta ese momento, y luego de mucho pensarlo, creía que la clave de "Insoluble" estaba en mi reciente separación y mi terror a no poder mantenerme solo. Como mi peor temor es quedarme en la calle, elaboré de forma inconsciente una historia donde no solo yo sino todos quedan en la calle. Esa explicación me conformaba, cerraba a la perfección además de aportar una segunda lectura al cuento.

Pero esa tarde en el liceo del Cerro descubrí otra. Mejor dicho, me ayudaron los gurises a encontrarla. Eran grupos de adolescentes, ninguno tenía más de quince o a lo sumo dieciséis años. Lejos de mis prejuicios, se manifestaban interesados, las preguntas eran pertinentes, la calidez con que me recibieron era palpable en el desarrollo de la clase. Pero me fue invadiendo cierta tristeza a lo largo de la jornada. Recordaba mi juventud, mi perdida pureza, el ímpetu por hacer cosas buenas y el resultado posterior, tan distinto.

Tenía frente a mí un hermoso auditorio y, en mí, los efectos del tiempo. Entonces, "Insoluble" reveló su aspecto oculto. En el cuento, la gente no protesta ni intenta cambiar su destino, les dije a los gurises en un momento de iluminación. Se transforman en su propia profecía autocumplida.

Por vivir en el Cerro, por ser jóvenes, por venir a un liceo público, los poderes de esta sociedad, y también la mayoría de los adultos, no esperan gran cosa de ustedes. No sean como la gente del cuento. Rebélense contra ese destino impuesto. El ser humano tiene una extraordinaria capacidad de adaptación, pero no se acostumbren jamás al desprecio. No acepten ser despreciables.

Uno de ellos había ido de musculosa y mi amiga, antes de entrar, le preguntó "¿y a usted lo dejaron entrar así al liceo?", a lo que el guacho alzó los brazos y, tensando los músculos torneados a hormonas puras y jóvenes le respondió "¿qué pasa profesora, le excitan mis brazos?".

Ay, pensé, con esta ficha en clase voy a leer un cuento. Y me equivoqué. Nuevamente, como cuando pensaba deshacerme del cuento por considerarlo un bolazo (“como un cuento mal escrito”, fue lo que escribí cuando ya estaba “saliendo” de él, así de inútil lo sentía), me equivoqué. Durante la ronda de preguntas este desorejado dijo algo, y no importa si lo leyó en algún lado o si es suyo, de todas formas no creo encontrar muchos adultos capaces de decir algo parecido a esto: "hay quien dice que uno nace dos veces, una cuando nace y otra cuando se da cuenta de que esa es la única vez que va a nacer".

Esa noche me costó dormir. Pensaba en ellos, en cómo la máquina de picar carne los iba a destazar, como si en lugar de seres de luz fueran reses de matadero.

Y, por primera vez, creo que entendí a la literatura de una forma que nadie me había advertido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deje un comentario aquí.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...