Conversando ayer con otro treintatesino (conjugación personal del toponímico, no muy respetuosa de los normas ortográficas), trajo a mi memoria lo vivido, hace siglos, en una estancia cerca de los pagos de Isla Patrulla.
Años después descubrí que la personalidad de esos parajes no se reparte solo al noreste del departamento de Treinta y Tres sino que es una característica, hasta donde conozco, de la orografía norteña del pago. Una suspensión momentánea de la lisura pampeana que a partir de Melo prosigue, interrupta, hasta salir de Porto Alegre, cuando uno siente que ha llegado por fin a Brasil. No antes, que son (somos) gauchos pampeanos.
El caso es que la geografía de esa zona de 33 se caracteriza por una profusa fractura de la pampa en quebradas. La más famosa es la Quebrada de los Cuervos, como no, pero es apenas eso: un lugar hermoso tocado por la fama. En cambio, a salvo del turismo, los parajes restantes gozan de un fenómeno que vale la pena consignar, al que trataré de evocar.
Las quebradas son un valle modesto, una conjunción de planos vegetales inclinados, con un monte indígena sellando dicho encuentro. Recuerdo, pues era niño y jamás volví, que mis padres y sus dos hijos pasamos unos días en la estancia de un familiar (un tío paterno, cuyas tierras ahora administran mis primos), y entinces vuelven a mí fenómenos acústicos, ópticos y místicos (del término anglosajón mist: bruma, lo indefinible, aquello que por inefable conviene no describir), vividos en esos parajes.
Vuelve por ejemplo un atardecer. Mi yo infantil estaba en el punto más elevado en uno de los planos que componen una quebrada. Mi madre, junto a mi hermana y una tía, descendían desde otro punto, idéntico en altura pero opuesto, en la ladera contraria. El silencio del campo, durante la hora y pico que demora el sol en ponerse, ya de por sí despierta cierto estado espiritual que, presumo, pertenece a nuestra memoria biológica. El sol se muere, decían las tribus; nos invade una imbatible melancolía, sentimos nosotros.
Esa parte femenina de mi familia charlaba animada mientras iniciaba el descenso hacia la juntura, en el fondo de la quebrada pero, por un efecto atribuible a la geometría, la visión que obtenía de ellas era irregular como un escorzo, algo lógico considerando que, estrictamente hablando, ninguno de los dos estábamos en posición vertical. Parado en uno de los planos que componen una quebrada uno apenas conserva la verticalidad necesaria para no rodar hasta el fondo y quedar atrapado por el monte.
Lo mismo sucede a los que están en el plano inclinado opuesto al nuestro. Una entidad capaz de sobrevolarlas no obtendría una visión muy distinta. Además, por una peculiaridad acústica atribuible a la disposición del lugar, se escuchaban como si la quebrada fuera una suerte de anfiteatro natural. Percibía cada palabra que intercambiaban a un volumen tímido, propio de un susurro, aunque hablaran entre risas, las voces espoleadas por la travesura de los chismes que sin duda disfrutaban.
Una nota más, o dos, acerca de las quebradas. En ningún otro lugar el miriñaque del terreno permite apreciar la noche y el día como allí. No de los que he conocido yo, al menos. He visto ponerse el sol al oeste y luego, desplazando solo mis ojos, he visto oscurecerse al cielo en un gradiente compuesto por el celeste inflamado por el sol a punto del horizonte, hasta el negro invasor de la noche, y de allí hasta la aparición de las primeras estrellas, culminando con el espejo plateado de la luna, asomando desde el este.
Además, al fondo de las quebradas existe otro mundo, indiferente a tías y cambios de día. El monte indígena es un túnel natural. Quizás un portal. Como las aguas han lavado la tierra al punto de arrancarle toda vegetación, el terreno es cóncavo, y los árboles retorcidos forman una cúpula convexa que cierra el círculo del túnel-portal. Allí, de alguna forma que no puedo explicar, siempre creí que la realidad era otra, muy distinta a la de los campos domesticados. Como tampoco son lugares muy visitados, apenas usados como pasajes entre una estancia y la siguiente, nadie vive dentro el tiempo suficiente para encontrar alguna anomalía que respalde mi presunción.
Pero sin dudas, la vibración es distinta. El clavel del aire y la barba del diablo, colgando como baba hambrienta desde las ramas deformes, componen una cifra que desconozco pero, y esto es el ancla del recuerdo, que uno debería respetar. El monte vibra en otra frecuencia. Es nuestro bosque feérico, sin mandrágoras, pero vaya uno a saber qué otros fenómenos andan por ahí, en cambio.
No existe otro lugar en este país donde la tierra le haga sentir a uno más intruso. Las orejas se estiran naturalmente hacia atrás como bichos acechados. Es imposible no estar en alerta allí dentro.
Una noche que estábamos a campo abierto, esperando el regreso de mi padre y su guía, un peón ducho en arrancar mulitas de la tierra, escuché algo que solo puedo definir como el eco de un martillo. Eco sobre eco, el sonido metálico se multiplicó en la soledad. Un paisano me explicó que aquel sonido era causado por el cuerpo de algún carpincho que se había tirado al agua.
Jamás supe si el individuo, encargado por mi tío de vigilar a la gurisada, se estaba aprovechando de un gurí citadino, decía la verdad basado en su experiencia o, si por el contrario, esa explicación obraba como una suerte de conjuro. Una forma de olvidar lo que él había visto y, por su vida, había jurado no contar.
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