viernes, 22 de octubre de 2021

Una pequeña nota sobre mi hermana

El mundo había dejado de funcionar, y uno siempre trata de que el mundo funcione. Por esa razón la paz oceánica de un balneario, incluso en pleno verano, se convierte en el peor enemigo si uno viene, además, de un año en el que se la ha muerto una hermana. De un cáncer cerebral, uno muy hambriento. Un mes y medio duró desde el primer diagnóstico. Apenas si hubo tiempo de hacerse a la idea de la enfermedad cuando ya había que lidiar con el buraco donde antes estaba ella, desde que nací, mi hermana-madre.
La niña en las fotos de un económico blanco y negro tiene trenzas sujetas con papeles. Nada de colitas ni elásticos: modestos papeles, que uno adivina al menos eran de algún color. Pasea en triciclo con su muñeca rellena de guata por la cuadra, nunca más allá si está sola. La plaza 19 de abril no está lejos y allí abundan pequeños batallones de amigos, terror de las viejas sentadas, hechizadas por el olor almizclero de los paraísos en flor. Las bolitas amarillas son reventadas por las ruedas de las bicicletas. A mi hermana le cambiaron el triciclo antes de tiempo. Ella tampoco tuvo tiempo de hacerse a la idea, por ello le cuesta un poco aprender a mantener el equilibrio sin el auxilio de dos rueditas auxiliares. Finalmente lo logra. Como tantas veces en su vida futura quiebra el obstáculo, lo vence, pronto es una ciclista más, corriendo en pos de una victoria cuyo único premio es el pecho agitado, las trenzas sueltas como si el peine de mamá jamás hubiera pasado por el cabello oscuro.
Mi ex amaba la playa y no pudo, no quiso, entender por qué aquella casa de playa apartada me deprimía. La casa tiene, esto lo presumo pues jamás volví y nada me permite suponer que fue demolida, dos pisos, un hogar a leña, un amplio fondo con árboles jóvenes donde atábamos la hamaca paraguaya con que mi hija se columpiaba desnuda gracias al descaro fresco de sus tres años.
No tengo forma de probarlo pero, si de alguna forma lo pudiera hacer, me gustaría viajar al pasado, acercarme a la niña de las trenzas, mi hermana, pedirle que se baje de la bicicleta, que no corra, que no esté siempre apurada. Le explicaría que la prisa la va a transformar en una persona nerviosa además. Que el stress la hará descuidar cosas que para ella, y por lo tanto para mí, son muy importantes. El desastre ocasionado por la velocidad la enfermará. Crecerá la lesión cerebral que obtuvo de niña hasta transformarse en un glioblastoma grado 4, el peor de los tumores cerebrales.
Pero nada es ya lo mismo. Mi hermana corrió y llegó primera, pero jamás ganó.

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