Alguien acaba de publicar una foto acá, en esta red social. En la imagen está junto a su esposa. Componen una pareja madura en años, de aspecto apacible. Desde este lado parecen hasta felices.
Ella sonríe con los ojos cerrados. El mira fijamente a la cámara o a quien tomó la foto. Están parados sobre pasto, el césped delantero de su casa, se ve la calle de tierra de un balneario a través de la reja.
Supongo que es su casa, o la casa de alguien conocido, un lugar donde se sienten tan cómodos como para estar prolijos pero cómodos. Él incluso está de bermudas y tiene los cordones de las zapatillas desatados.
Definitivamente, tiene que ser su casa. La mujer ya tiene el pelo casi por completo encanecido y se ve que no le interesa o que ya no lo disfraza con tintura. Él en cambio exhibe una calvicie misericorde. No la tonsura traidora que avanza desde la coronilla sino que el retroceso capilar comenzó desde la frente, agudizando las entradas. El hombre se permite llevar una barba, quizás una compensación, y está igual de canoso que la mujer.
Se me ocurre, aunque no tengo cómo asegurarme, que ambos están felices con la vida que llevan. Ya son mayores pero han logrado permanecer juntos, no sucumbieron a ninguna crisis matrimonial ni personal ni moda social.
La mujer, aunque se nota la piel propia de sus años gracias a las mangas cortas de su atuendo, y su caja torácica ha experimentado el ensanchamiento tan común al pasaje de los años, parece ser coqueta, sin exagerar. Tiene una blusa estampada con un diseño cuidadosamente excéntrico, lo suficiente para escapar de la vestimenta lisa sin caer en lo esperpéntico.
Tiene buenos senos, también. Lo intuyo por el volumen desplazado a esa altura del pecho. Eso tal vez explique la mirada calma y la sonrisa tatuada por la paz en el rostro del hombre. Mantienen una vida sexual sana a pesar de los años.
El hombre, si por alguna razón se hubiera quedado sin la mujer, sería la imagen patética de los que les sucede a los hombres cuando quedan solos. La barba prolija tendría una forma irregular y desatendida. Al prolijo chaleco crema que lleva sobre una remera azul le faltaría algún botón, o le sobraría alguna mancha. Los cordones desatados tendrían otra explicación, y no estarían tan blancos.
Sobre esa ecuación equilibrada, de dos términos, roncea el tiempo, como incluso les pasa a los solitarios. Estoy seguro de que ellos lo saben. Quizás luego de una trabajosa pero satisfactoria sesión de sexo lo hablaron, sin duda que cada uno de ellos lo pensó.
Tal vez allí resida el sentido de la unión a pesar de los achaques, los rollos de grasa, la belleza que solo el porfiado amor puede ver. En el pavor a la intemperie metafísica, al arrullo mortal de la soledad.
Caminan juntos, y me alegro. También los envidio.
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