lunes, 29 de abril de 2019

Microrrelatos 3

La espera

Luego de esperar en vano que cese la lluvia, el último hombre en la Tierra, aburrido y deprimido invita, con la excusa de juntarse a comer y beber algunas de las innumerables exquisiteces puestas a su disposición por el destino, al Hombre Invisible y a su amigo íntimo, el Hombre Subatómico. 
Su verdadero plan es asesinarlos.
Esparce sobre las vituallas un indetectable manto de veneno que consumirán ignorantes, distraídos por la abigarrada narración del hombre sobre las últimas cosas que le ha ocurrido en su vida.

La novia

Vuelve a acomodarse el tocado, que se siente pesado, incómodo, tan alto como si pudiera rayar la delicada filigrana en el techo de la catedral. El órgano termina de sonar y las grandes puertas se cierran. Ella sube al auto cubierto y los amigos que la rodean retiran los ramos de flores y dejan de aplaudir. El chofer conduce de regreso a su casa. Una vez en su dormitorio, se despoja del atuendo nupcial hasta quedar desnuda y se acuesta.
Antes de cerrar los ojos ve por las rendijas de la persiana al sol abortar tras el horizonte.
Se abre la puerta del dormitorio y entra la madre. Ansiosa, revisa por última vez que todo esté en su lugar. Chequea el largo vestido blanco, sutil como una nube de verano.
Se mueve con cuidado para no despertar a su hija hasta que cae en la cuenta que no respira. La madre...

-Cortala. Ya hemos pasado por esto y no me gusta lo que hacés. Cuando te mamás sos un tipo jodido, ¿sabías?
-Perdoná, llevame a casa antes que siga haciendo macanas.
-Será lo mejor.- asiente el Diablo, irritado.

El camello

Agua fresca, lomo libre de peso y sudor. El humano caga bajo la palmera. Tuvimos suerte de encontrar este oasis, el más estable de todos los espejismos que hemos encontrado.

Bajo la rambla

Vivo en un túnel y veo pasar a diario centenares de condones usados, hediondos papeles higiénicos, bolsas de supermercados, fetos mordidos por las ratas, cachorros ahogados, envases rotos, excrementos unidos a lo camalote,  tétanos hambriento en bordes serruchados.
Hormigas, millones de pequeños cuerpos oscuros, brillando cuando nadie las ve, luchan contra ejércitos de cucarachas. 
Las ratas evitan los corredores donde se desarrollan tamañas batallas. 
Después de todo, no es una mala posición la mía. Acá no me molestan los olores ni las alimañas.
Podría decirse que soy un ladrillo feliz.

Urgencia

La guardia de emergencia había tenido una noche tranquila cuando la central de comunicaciones chirrió con la noticia. Una ambulancia sorteaba los camiones de basura y las máquinas limpiadoras para poder llegar a tiempo. Dentro del vehículo el chofer recurría a su larga experiencia, efectuando riesgosas maniobras con tal de llegar a tiempo.
Un auto de la policía y más tarde un móvil de la intendencia se les unieron, dejando a su paso una urgente cacofonía que arrancó a varios vecinos de sus camas para ir sobresaltados hasta las ventanas, cuando ya la improvisada caravana era apenas una herida cerrada en el silencioso tejido de la madrugada.
Los frenos chirriaron como grillos aplastados frente a la gran puerta de entrada a la sala. Un ballet perfeccionado por la práctica se puso entonces en acción: dos camilleros empujando su herramienta de trabajo brotaron del interior, un trío de enfermeras desataron su ansiedad corriendo al encuentro de éstos y el primero de una larga serie de médicos controló el ingreso al hospital.
El chofer, satisfecho, retornó a su lugar tras el volante. Estacionó la ambulancia al costado del edificio. Extrajo un sandwiche envuelto en celofán de la guantera y, luego de devorarlo, tomó un sorbo de agua mineral de la heladera ubicada en la parte trasera y se tendió cuán largo era en la camilla. Dejó abierta la pequeña ventana que comunicaba la cabina con la caja, en previsión de algún llamado nuevo. Se durmió al instante, y soñó que se mudaba a una casa en la que no podía disponer la ubicación de sus muebles ya que los vecinos insistían en cambiarlos de lugar.

Discusión

No, no me acuerdo pero, antes de que te molestes, tené en cuenta dos cosas. La primera es que mi memoria está cada vez peor. Soy capaz de acordame de gente o de cosas que pasaron hace años pero de repente me olvido de lo que pasó hace unos días o incluso hace horas. Lo segundo que tendrías que darte cuenta es que mi memoria es un desastre. De repente me acuerdo de cosas que me dijeron hace años y sin embargo me olvido de otras más nuevas. Pero además no te olvides que mi memoria marcha cada vez peor. Puedo recordar el día que nos conocimos pero no consigo recordar quién sos. De hecho me sucede con tanta frecuencia que yo diría que es algo inusual. Aunque preferiría no hacerlo. No recuerdo qué significa inusual. Es un blemapro que se agrava; un mablepro. Ableprom. Támadre.

El lápiz

Mi mamá me regaló un lápiz. Es precioso. Aunque es de madera roja escribe en negro. La punta es bien afilada. Cuando escribo con él al principio sale una línea finita que se va engrosando a medida que la punta se desgasta contra el papel. Por suerte tengo un sacapuntas al lado con el que le saco una nueva punta y repito el proceso hasta que tengo que sacarle punta otra vez y con ese lápiz remozado, afilado, dibujo una línea finita que se une con la anterior. Mamá mira el dibujo cuando ya no puedo sacarle más punta al lápiz sin arrancarme un pedazo de dedo en el intento. Me anima a seguir y yo le explico que no puedo, que necesitaría otro lápiz. Mamá me contesta "¿vos te pensás que a mí los lápices me los regalan o querés que me prostituya así vos podés seguir haciendo estas boludeces?". Son las 12 de la noche y estoy cansado. Al final resultó que si había tinta roja dentro del lápiz.

Cuadro

La pintura muestra una playa con un bote encallado en la orilla. Está en buen estado, por lo que debe haberlo dejado algún pescador, lejos de la línea del agua, a resguardo de la marea. El pintor ha colocado una bandada de gaviotas sobrevolándolo, atraídas por el fantasma del olor a pescado dentro de la embarcación.
El sol en poniente dibuja una línea blanca sobre el mar, en segundo plano detrás de la playa, continuada por el pelaje de las aves, la pintura del bote y la arena fina como polvo.
Juntos, los elementos forman una línea que da unidad a la imagen. El artista forzó la concentración del espectador en esos puntos mediante la astuta técnica de formar montículos irregulares con pintura y aceite. Éstos retienen una ínfima parte de la luz que cae sobre la tela desde la iluminación articial del salón donde está expuesta la pintura. Los materiales así acumulados brillan, creando la sensación de profundidad en el visitante, como si el lienzo guardara otra dimensión, la del tiempo. El momento en que la línea incandescente del sol unió con una sola puntada el cielo, las gaviotas, el bote y la arena, visible gracias a la técnica depurada del artista que congeló el momento. Despierta en el espectador recuerdos de las veces que estuvo ante una escena similar en alguna playa, cuando durante sus vacaciones caminaba al borde del oceáno, jugando con las formas que dejaban sus pisadas al hundirse en la arena empapada de la orilla. 
Era fácil hundir los pies y dejar una breve huella profunda en cada paso. La próxima ola retornaba la superficie a su estado natural, como si nunca hubiera existido. La respuesta a la pregunta susurrada desde el mar se vuelve lejana e inalcanzable como el horizonte El humano, por un momento, piensa que con gusto abandonaría sus obligaciones para volver a ser una criatura marina. 

La cruz

Subí una tarde de verano al cerro Pan de Azúcar. En su cima han instalado una cruz, una gigante cruz hueca con una escalera en espiral hasta los brazos, dentro de los cuales puede uno sentarse para contemplar mejor el paisaje.
El ascenso no es particularmente difícil. Para quienes tengan problemas cardíacos es aconsejable que lo hagan sin prisa, sentándose cada pocos metros a fin de recuperar el aliento.
Si, cuando se llega a la cumbre luego de salvar los últimos metros al borde de las fuerzas, uno desea cubrir el centenar de escalones hasta el punto más alto dentro de la cruz, puede ocurrir una revelación, si uno está atento.
La alta cruz se balancea por la fuerza y a través de los ventanucos ubicados en sus brazos se pueden observar los lejanos campos labrados, las carreteras rurales, las ciudades ubicadas sobre la costa, reconocibles como un manchón oscuro, distinto al verde natural del campo que las rodea.
A los pies del cerro, sin embargo, hay un zoológico de especies nativas. En él vive encerrado el jaguar, el puma, el yacaré, los coatíes, el oso hormiguero, el gato montés, el ñandú.
Los humanos les hemos quitado su hogar y los aniquilamos para beneficio de nuestro ganado y cultivos. A los pocos que hemos dejado vivos los tenemos encarcelados, para disfrute del turista maleducado y sus hijos que los acosan gritándole "tigre" al jaguar o "cocodrilo" al yacaré.
Es así que el paisaje labrado se transforma en el paisaje domado, las ciudades sobre la costa se convierten en una vergonzante mancha, los caminos por donde pasan los autos y camiones en las heridas sin cerrar de un mundo que alguna vez fue puro.
Fue allá arriba, en la cumbre del cerro, donde comprendí que las humildes jaulas y la fatiga del ascenso me había convertido en un penitente. El frío de tumba congelaba mi corazón, agitado por el último esfuerzo empleado en la escalera replegada sobre sí misma. Todo el trayecto, comprendí, fue un aprendizaje, un recuerdo leve comparado con el dolor provocado a los seres que poblaban estas tierras antes que nosotros, los humanos, les quitáramos sus árboles,  montes y bañados. Los venciéramos con nuestra omnipresente descendencia y nuestros animales de crianza. Deformáramos su mundo a nuestra conveniencia con máquinas y alambrados.
El viento, al pasar veloz por los múltiples agujeros que convierten a la cruz en una gigantesca flauta no aúlla, sino que en realidad llora.

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