miércoles, 14 de agosto de 2019

Ni siquiera le pongo nombre

Ahora imagínense que Freddie Mercury se despierte reencarnado. Volvió a la vida, pero ya no tiene la facha ni la guita, solo la voz. Casi como al comienzo de su vida anterior, la que todos conocemos.
Además de pobre, feo y vive en una villa miseria, sin ninguna posibilidad de crear un supergrupo de rock.
Se reconoce esa mañana cuando va al baño y allí, sobre el espejo, reconoce sus típicos dientes protuberantes. La diastema ahora es tan ancha que podría sostener una salchicha entre las paletas y saltar durante horas sin perder el embutido.
Ya no es un rasgo elegante sino un defecto irreparable, al menos en con su precario poder adquisitivo.
Como al menos tiene un celular recrea los videos de Queen, "I want to break free" es su favorito, para ello se viste de mujer con ropa que roba de las cuerdas en las casillas ajenas. Helo allí, pasando una aspiradora rota que recuperó del basural. Los gestos, la voz, son tan iguales que, sin importar la madera agujereada que forma las paredes ni la bolsa de supermercado que hace de vidrio en la única ventana, convence a un fanático del grupo luego que sube el video a Youtube.
Este, que posee el don, a veces es una maldición, de ver vidas pasadas consigue ver a Freddy en el sujeto esmirriado por la miseria y se desespera tratando de convencer al mundo que la voz de Queen ha regresado al mundo.
Este hombre a su vez es la reencarnación del manager de Kramphenne, una antigua banda californiana que se separó luego de haber sido ignorados por el público y la prensa por su culpa. En su otra vida, el manager, torpe y demasiado goloso, murió de una sobredosis a los 33 años.
Oh, sí. Mi Dios hace esas bromas.
Como dejar que una niña nazca en una familia de muy buena posición económica. No le falta nada durante los primeros años de su vida. Los amplios e incontables salones de la mansión familiar ocupan un espacio apenas un poco más pequeño que el parque circundante, convertido en reserva natural de elefantes y rinocerontes debido al amor del padre por las especies en peligro. La niña crece y se transforma en una muchacha bellísima que descarta pretendientes como quien deshoja una margarita.
El tiempo no se detiene, sin embargo. Los padres envejecen y mueren. Ella, junto a su hermano menor, deben hacerse caso de los negocios familiares. La joven se revela como una genia de los negocios. Ideas nunca empleadas, alianzas jamás intentadas, compras de paquetes accionarios que se convierten en titulares actúan como paquidermos trasladando ciudades enteras hasta que el centro del imperio de la ahora una mujer madura y llena de recuerdos, guarda una relación de tamaño apenas inferior al de una pequeña superpotencia.
El empleado más modesto de sus dominios está a cargo de elegir el presidente de China, por ejemplo. Su hombre de confianza es tan poderoso que se ha vuelto invisible.
Un día llega la vejez, y la cercana muerte oscurece los planes de expansión. ¿Qué será del proyecto de expansión interplanetaria cuando ella no esté? ¿Hacia dónde seguir? Son preguntas que perturban los sueños de media humanidad, los que consiguen dormir.
Sin embargo, la estructura creada por ella se mantiene en pie pues encierra un secreto.
Un día, desde alguno de los barrios más pobres, sobre el pavimento enchapado en oro, un niño caminará hacia la torre que habitaba la hiperempresaria. Insistirá ante el portero jefe luego de que el portero delegado fuera llamado por el portero de turno. El niño será llevado a la secretaria de la secretaria de la secretaria en jefe, puesta allí por la empresaria con instrucciones muy precisas para el caso en cuestión.
El pequeño exhibiría un papel en cuyo centro alguien dibujó una letra.
El ascensor, veloz como un tren bala, demora solo dos horas en llegar hasta el último piso. Al llegar la mujer sin decir palabra extrae de su escote un collar donde cuelga una pequeña llave, tibia y con olor a teta. Rompe la cadena y se la entrega al niño.
Este llega hasta la puerta de la oficina de la Creadora, intocada desde su muerte. Se tira al suelo e introduce la llave dentro de una cerradura que solo de su complexión miserable podía ver. Al girarla, los pisos inferiores del edificio se repliegan como un prepucio. La torre que se confundía con las nubes se engrosa y despega, se aleja de la Tierra.
Mueren todos sus habitantes excepto los del último piso, que ha sido presurizado para la ocasión. Hibernan hasta el momento en que la nave edificio se posa en un lejano planetoide, elegido por estar a la exacta distancia de su estrella de lo que está nuestro planeta.
Ello le ha permitido albergar vida en las más diversas manifestaciones. No solo animales y vegetales. El reino de los cumfidos, por ejemplo, es el más numeroso y sus ejemplares guardan una prudente distancia con los víridos, seres de colores exquisitos: el amarillo limón, el naranja anaranjado, el rojo frutilla, la verde pluma mentolada.
El niño y la secretaria despiertan. Se quitan las ropas y abandonan para siempre el edificio-nave, que no tarda en ser invadido por los escrófugos. Estos lo desmontan durante la noche y con sus restos construyen la primera ciudad de EVA, el nombre con que el niño ha bautizado a su planeta.

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