martes, 31 de julio de 2018

El mundo al instante



El escote  y la criatura luchaban por llamar mi atención. La enfermera se inclinaba mientras buscaba el cuarto donde estaba mi amigo, acción por la cual sus reconfortantes senos empujaban el liviano uniforme veraniego. La criatura en la televisión, filmada por el celular de un testigo, no parecía interesarle a nadie, en la sala de espera.
-¿Mario Abdola?- preguntó la boca rojiza. -Cuarto 203, segundo piso.- precisó mientras volvía a poner la ficha. Le divertía la situación. La delató el brillo en sus ojos.
Le agradecí y me alejé del mostrador rumbo al ascensor. Luego que salí del ascensor caminé por un corredor. Las imágenes cesaron cuando llegué ante el número dorado. Dentro, pensaba entonces, sorprenderé a mi amigo, que no espera mi visita.

Con Mario crecimos juntos, casa de por medio, hasta que me mudé. Nos volvimos a cruzar en el patio de la Facultad, esperando para entrar a clase. Sus padres, contó luego, murieron en un accidente cuando volvían de sus vacaciones. Me salvé porque iba atrás con el cinturón puesto, dijo, pero vi sus cabezas cruzar el parabrisas. Juntos. Luego todo se puso rojo.

Aunque abandoné los estudios luego de ese semestre, cuando entré a trabajar, nunca dejamos de vernos. La reunión semanal de amigos en el bar se volvió sagrada. Y Marito no fallaba aunque estuviera tapado de trabajo. Excepto en la última, cuando me enteré que estaba internado. Antonio el Mudo, aunque no pudo decirme qué le pasaba, aportó que los médicos no estaban muy entusiasmados. Tenía que saber qué le pasaba.

Qué le pasa a esta gente, me pregunté mientras me deslizaba por los corredores del hospital. Un fuerte murmullo de fondo inundaba los pasillos.

La pieza donde lo tenían parecía un laboratorio. Una vía le entraba al brazo izquierdo, cinco electrodos se repartían el pecho y otro dos tiraban un par de cables desde su cabeza hasta uno de los tres monitores ubicados detrás de la cama. En la pantalla, tres líneas de distinto color corrían sobre una superficie cuadriculada.

Sus facciones espantaban. La piel se hundía en cada hueco de su calavera sin mejillas. Los labios eran dos líneas de carne descoloridas.

-¿Cómo estás, viejo? ¿Anduviste haciendo macanas?- provoqué, fingiendo un ánimo que no tenía. Su mirada siguió atenta a los pies de la cama.

-Marito. ¿Me reconocés?

Me miró como en el bar. Con los monitores como testigos soltó “asesinaron un comerciante en Malvín”. Como si dijera "las sábanas son blancas".

-¿Qué?

-Explotó un cajero en Lagomar. Violan a una menor en Salinas. Mueren cuatro personas en un accidente. La investigadora cierra por falta de pruebas. Un atentado en Kabul deja decenas de víctimas. Brasil invade Venezuela.

Si hubiera dicho “Estoy embarazado y voy a tener crías. ¿Querés una?”, no me habría dejado más desconcertado.

Las noticias eran de ayer, o de la semana o el mes anterior, tanto da. Siempre son las mismas. Solo cambia el lugar y el número de muertos.

-Claro, entiendo.- mentí.

-Me muero, Cacho.- gimió – Me están matando.- sollozó quitándose las sábanas.

Se me escapó un grito, atenuado por mi mano cerrada sobre la boca. La piel parecía una excusa inventada por los huesos. No tenía carne. Había visto algo así antes. Mi memoria demoró en ubicar dónde hasta que los encontré, recostados contra los alambrados de Auschwitz.

-¡Macho! ¿Qué carajo tenés?

-Las noticias, Cacho. Me están matando.

Reconozco que soy medio lento. Iba a decirle que el televisor de la pieza estaba apagado cuando recordé. Marito abandonó Antropología para entrar a trabajar en un canal. Llegó a ser el productor general del noticiero. Por él pasaban las noticias locales, de las cadenas, los virales, las zancadillas políticas. Marito armaba el menú del show noticioso.

Porque era un show, decía, despreciando su trabajo. Nadie que quiera informarse debería ver un noticiero, aconsejaba.

Ese flujo interminable lo traía mal. Las noticias me hablan, se confesó un día en el bar. Sueño a los conductores anunciando que mataron un tipo en Belvedere por resistir un atraco y ¡pám!, al otro día llega el parte con la noticia que recibí en mi cama horas atrás.

Lo dejé y salí a buscar al médico para que me explicara qué le pasaba a mi amigo. Estaba en la recepción, coqueteando con la tetona.

Mencioné que Mario estaba solo y que yo era lo más parecido a un familiar que tenía. Confesó que no tenía ni la más puta idea sobre su enfermedad. Con otras palabras, claro. Le había aplicado el menú completo: radiografías, ecografías, tomografías. No encontró nada.

-Ahora todo depende de la capacidad de reacción de su organismo.-balbuceó. -Para mí, es una enfermedad autoinmune.- susurró, como quien regala un pálpito para el domingo.

Seguro, Doc. Gana “Enfermedad Autoinmune”. No tiene cómo perder, pensé, mientras volvía puteando a la habitación.

-Cacho.-susurró cuando me senté.

-¿Qué precisás Marito?

-¿Te acordás que las noticias llegaban a mí antes que al trabajo?

-Claro. Cómo me voy a olvidar.- respondí con una sonrisa, recordando mis carcajadas.

-No me dejan dormir desde hace un mes.

-Tenés que dejar el laburo, macho. Hasta que te recuperes.

-Imposible, Cacho. No se puede.

-Se puede, sí. Primero estás vos, el laburo que se las arregle.

-No entendiste. No puedo dejarlo porque me sigue. Cometí el error de ir a Brasil. No lo soporté. Río de Janeiro, ¿entendés?. Allá el crimen cuenta con un número insólito de variantes, creéme. Ni toda la cachaça de la ciudad me ahorró el constante goteo rojo.

-¡Andá a un psiquiatra! Pedí una cura de sueño.

-Fui. Y empeoró.

-¿Empeoró?

-Me dio unas pastillas pero las dejé cuando lo del linchamiento en Toledo.

¿Te acordás?

Me acordaba. Una multitud atrapó a un ladrón y lo ahogó en un arroyo. Se filmaron mientras lo hacían. Las ejecuciones posteriores aprendieron del error. La policía investigaba para chocar siempre contra un muro de silencio.

-Toledo. ¿Qué hay con eso?

-Lo causé yo.

Pestañeé rápidamente. Sus ojos me esperaban.

-También el incendio en la gasificadora. La camioneta de escolares secuestrada. Las empleadas ametralladas. La bomba del cajero que explotó con una mujer dentro.

-¡Pará! Estás delirando. La cosa está jodida pero vos, enloqueciste. ¿Qué sos ahora? ¿Dios?

-No estoy loco.

-Te parece que no estás loco. Dejáte de joder.

-Mirá.- desafió.

El monitor del cerebro de Mario se descontroló, disparando múltiples escenas saturadas de sangre, delitos, caos generalizado. Por su parte el televisor del cuarto se encendió solo, mostrando rápidamente cientos de imágenes robadas a celulares y cámaras de seguridad. Gracias al monitor cardíaco pude ver el momento en que alguien con el rostro oculto bajo una gorra con visera, asesinaba de un disparo al cajero tras el mostrador de una pizzería. Bajé la mirada a tiempo de ver como Mario moría en silencio, ostentando una descarada sonrisa amarilla como resumen.

La muerte me asusta. Mi vieja embroma con que no puede ser, que es una vergüenza y que cualquier hombre, por más importante que se crea, en el fondo sigue siendo un gurí cagón. Si le hubiera visto los ojos a mi amigo ella también habría salido corriendo de ese cuarto.

Me senté en el bar de la esquina del hospital y le pedí un cortado al mozo cuando se acercó. Todavía estaba impresionado por la escena montada por mi amigo a modo de despedida de este mundo. Por eso tardé en darme cuenta del detalle.

Los televisores del bar bullían. Dos de los tres mozos del bar se turnaban tocando los botones y tironeando de los cables sin poder apagarlos. En el televisor ubicado a la entrada del baño se podía ver a Mario, reportando desde el lugar de un accidente de tránsito. Me di vuelta para ver el aparato ubicado al fondo del salón y allí estaba otra vez, el rompebolas, de traje, entrevistando a un político. Me levanté y fui hasta la otra tele en la mitad para cerciorarme.
A qué no adivinan. Mario. Haciendo un móvil de color desde una feria vecinal.


Cuando volví a mi mesa y me fijé en el televisor que tenía enfrente se me hizo un nudo en el estómago. A esa corta distancia, el tamaño del aparato de 55 pulgadas aumentaba las cosas al punto de causar naúseas. Marito parecía un gigante. Su aspecto no había mejorado respecto a cómo estaba cuando huí de su pieza, al noticiero del mediodía lo conducía un cadáver. Debajo, en un recuadro a su derecha, la criatura que había visto en la entrada al hospital devolvía con unos hermosos colores tornasolados los rayos del sol, reflejándose en su lomo baboso.

La cúpula del edificio sobre el que estaba había desaparecido. Un titular en letras amarillas corriendo sobre sobre una franja roja bajo la imagen del conductor (EN_VIVO_DESDE_EL_CENTRO) ahuyentaba toda confusión de que aquello fuese una película de ciencia ficción clase Z como las que amaba mi amigo. El bicho que estaba comiéndose al Palacio Salvo era tan real como mi codo.

¡Pero, Mario!- estallé, abriendo mis brazos -¡Qué necesidad!

2 comentarios:

  1. hay algo de verdad en este cuento. esta bueno,me gustó.

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