Sábado
18/8/18
Escribir en fantástico también implica pensar en fantástico, estar atento a lo fantástico y las posibilidades que podemos darle para que se manifieste.
Todo momento tiene algo de fantástico. Incluso el plano que
se llama realidad.
Lo real es apenas uno de tantos resultados posibles. Una
conjunción de sonidos, estados de ánimo, formas en que la luz golpea sobre los
objetos y penetra mis ojos.
Un ligero cambio en la posición, ánimo, hora u otro conjunto
de factores bastará para que esa realidad cambie.
Acabo de salir a dejar la basura en el incinerador de mi
edificio. Afuera llueve con bastante fuerza. Tanta, que su sonido golpeando el
cemento penetra los espesos muros.
Luego de escuchar el paquete caer por el túnel del
incinerador di la vuelta y me encontré ante un pasillo vacío.
O no.
Me acompañaban las miles de gotas, el aire delante y atrás
mío, las esquinas a las que no les llegaba la luz, las sombras que aprovechaban
esa geometría.
Si daba un paso en la dirección correcta, estaba seguro que
en lugar de la lluvia escucharía el ruido de los engranajes por detrás del
telón que habito. Si en cambio la dirección me llevaba a otro ángulo, y con
esto me refiero a un verdadero paso. No simplemente a mover un pie, ponerlo
delante del otro y acompañar ese movimiento con el anterior para moverme unos
centímetros.
No, me refiero a moverme incluso sin que sea necesario
desplazarme. Si daba entonces ese paso en una dirección distinta, pero a
condición que estuviera realmente moviéndome, vería que no estaba solo en ese
pasillo nocturno.
Quien me acompañaba en el espacio aparentemente vacío es
algo que todavía ignoro pues de hecho no di el paso sino que, sin dejar de
vigilar el ruido a lluvia, entré a mi apartamento y me senté a escribir estas
líneas.
Todavía sigo con la depresión como un demonio sorbiéndome el
seso. Todavía siguen los pensamientos suicidas. Todavía no encontré la puerta.
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