Miércoles, 29/8
El primer efecto físico de una separación se siente cuando el pecho se te transforma en piedra. En un pesado y costoso bloque de granito que apenas se mueve cuando intentas respirar.
El segundo efecto no es de índole física sino propia de la naturaleza del mundo, de su ontología. Vuelves a percibir esa vieja distancia que te separa a tí de los otros y a los otros entre sí. El infranqueable abismo que tiempos más amables permitían olvidar.
Esa soledad incomunicable es similar a la que experimenta quien sufre una enfermedad terminal o, desgraciados ellos, quienes se encuentran atrapados dentro de un cuerpo roto, que no les responde.
Lo que me lleva al tercer efecto.
La muerte. Te mueres. Y lo haces todos los días. Abres los ojos por la mañana y sentado a tu lado se encuentra el recuerdo de tu muerte listo para esperar a que termines de vestirte y a acompañarte durante todo el día.
Asistes a tu propio velorio todos los días. Tú solo. No hay otro deudo presente, nadie más supo de tu muerte y tampoco lo dices por miedo a que te tomen por loco.
Como vivo aparente que eres te paseas por la ciudad. Acudes como puedes al trabajo y realizas las mismas tareas, una y otra vez. A horas preestablecidas introduces en tu boca comida que ya no puedes apreciar.
Como muerto, vives en la tensión permanente de perder una parte, que un pedazo tuyo termine de pudrirse y caiga encima del escritorio de tu jefe.
Cuando por la tarde vuelves al nicho que supo ser tu hogar ruegas no caerte en la calle pues entonces, piensas, se apoderarán de tu cuerpo y lo sepultarían. Te quitarían lo único que pudiste conservar.
Dicen que las blancas costas donde van a parar los muertos se encuentran en la otra orilla de un océano profundo y negro, poblado por diminutos seres fosforescentes que se burlan de las estrellas.
Que nuestras ciudades de noche son como esos oceános y nosotros las criaturas, grotescos espejos del universo.
Que tal estado de cosas fue así dispuesto para tranquilidad y guía de las almas que en un goteo incesante e inverso abandonan los cuerpos en busca de las lejanas costas de donde no se vuelve.
Pero a tí se te ha retrasado el vuelo. "No es tu hora", advierte una voz, para que te resignes.
RESUCITAR...!
ResponderEliminarY, hasta que no crezca otra vez lo perdido, devorar ansioso el tiempo.
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