Domingo 9/9
Ha pasado un tiempo demasiado largo desde la última vez que escribí una entrada en "esto" que lleva ese caprichoso título.
Me arrimo al teclado de la computadora apagada con una sensación de culpa mezclada con deseo. Culpa pues estoy faltando a mi deber autoimpuesto de sentarme a escribir aunque vengan degollando y deseo frustrado por la incomprensible negativa a hacerlo que me inflijo.
Ha sido una semana llena de encuentros, esta que ha pasado. Es curioso como alcanza una separación que uno siente nuevamente el abismo y el terror a hundirse. Se combate ese miedo, se lo asordina apenas, en la presencia de otros por más utilitarista que se lea.
Son estrategias de supervivencia.
Pero hay algo más.
Algunos de esos encuentros jamás me los hubiera planteado de seguir casado y he pasado realmente bien. Un poco fuera de lugar y dolorido como insecto al que le arrancaron la caparazón, es cierto, pero con un bienestar no vinculado solo a la persona con la que estaba sino más con el hecho de hallarme en un bar a una hora en la antes habitualmente estaba en casa.
Ello me lleva a pensar si todos, o la mayoría, no estarán haciendo una de las dos cosas: o bien están en sus casas todas las noches junto a sus parejas e hijos sin preocuparse en lo más mínimo por los posibles encuentros que están dejando pasar junto con los años, o son solitarios y solitarias que como yo están en mar abierto. Restos de antiguos y nuevos naufragios que las corrientes los junta por breves instantes antes de alejarlos nuevamente ya que ninguna rutina los ata entre sí.
Estuve como oyente en clase de Lisa, por ejemplo. Como siempre fue un placer escucharla. Lisa es la eternidad dentro del tiempo.
Entre tantas cosas habló de un tal Waxburg, que yo desconocía su existencia, quien a principios del siglo XX en Alemania planeó una biblioteca donde los libros no estaban ordenados alfabética, cromática ni por inventario sino por áreas en común.
Esto es los libros que hablan sobre las criaturas fantásticas de la Selva Negra alemana están junto a una crónica de un viajero por los montes Hartz, donde se encuentra la mítica Selva Negra y a su vez esos dos volúmenes junto a un tratado sobre demonología y brujería ya que esa zona de Europa Central fue rica en leyendas sobre brujas y espíritus del bosque.
Lo curioso fue la coincidencia. Dos días antes había visto "J. Edgar", la película de Clint Eastwood sobre J. Edgard Hoover, el director y creador del FBI. La película está basada en algunos hechos históricos y uno de ellos es que Hoover, cuando crea el FBI, se rodea de hombres de su confianza y para que el archivo del recién creado organismo solo pueda ser consultado por personal de su confianza, decide que los expedientes no se ordenen ni alfabética ni por número sino agrupados por áreas.
Así, el expediente de Frank Dodd, asesino serial de niños, está junto al de aquel que recoge la extraña serie de accidentes automovilísticos que ocurrieron en Castle Rock, la región de Maine donde Dodd cometió los asesinatos y esos dos expedientes junto al que releva la topometría de los caminos secundarios de Maine, supongo.
Tanto Waxburger como Hoover, separados por miles de quilómetros e ignorantes uno del otro, tuvieron la misma idea: renunciar al orden artificial que los bibliotecólogos le imprimen a los acervos bibliográficos y en cambio recurrir a una imagen de cómo el cerebro agrupa los recuerdos. Años antes incluso que la ciencia supiera que el cerebro guarda los recuerdos en distintas áreas, relacionadas entre sí por ellos.
Así, en mi cabeza tengo el recuerdo del momento en que mi esposa se daba vuelta en la cama para dormir junto al recuerdo del olor de las sábanas cuando estaba ella y, al mismo tiempo, esos dos recuerdos están uniéndose ahora al de la noche pasada, cuando estaba solo en mi cama, espantado por el silencio.
------------------------
Soñé con un bosque al atardecer.
Tenía las manos entintadas en rojo. No sé si era sangre o pintura.
Ante mí los gruesos troncos de los árboles echaban una larga sombra sobre el suelo cubierto de hojas y estambre por lo que sentía que estaba atardeciendo.
Una criatura con forma de ser humano pero cubierta enteramente por musgo cruzaba mi campo de visión desde la derecha hacia la izquierda y me sentía angustiado, debía evitar que saliera del bosque.
Mis manos dejaban manchas diagonales de una sustancia roja sobre los troncos pues la lógica del sueño me decía que esa era una manera de detener la criatura. Apenas lograba salpicar el musgo que la cubría con gotas cada vez que mis manos se raspaban contra la corteza, la cosa seguía su camino y yo entonces me corría un poco hacia el árbol que estaba a la izquierda y repetía el movimiento con idéntico resultado.
Ahora me doy cuenta de algo: aquello era mi sangre brotando de la piel abierta en la palma de mis manos.
En mi desesperación por detenerla, marcaba los árboles con la sangre de mis heridas abiertas.
O eso creo.
Lo cierto es que la criatura finalmente alcanzó la orilla izquierda de mi visión y cuando quise seguirla con la vista me encontré con algo parecido al borde de una tira de celuloide. La típica tira de un film, con la banda de sonido a un costado y los agujeros cuadrados mediante los cuales el proyector hace avanzar la película.
Delante mío ahora tenía un espacio totalmente en blanco y tardé un poco en darme cuenta que no podía volver a estar "dentro" de la película, fuera bosque u otra escena.
Ahora sí estoy en problemas, pensé. Ni siquiera podía moverme. Ni girar la cabeza ni mirar mi propio cuerpo. Solo podía mirar hacia delante, hacia el plano espacio blanco. Vacío, como estoy ahora y esta es una de las razones por las que me cuesta sentarme a escribir.
Nunca antes había soñado con un bloqueo creativo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deje un comentario aquí.